La niña

La niña juega en su habitación. Dos muñecas se invitan a comer pastel de chocolate y un perrito de peluche se une a la fiesta de té. La voz de la niña resuena en el pasillo, rebota en las paredes, salta sobre el ladrido del perro y llega a los oídos de su padre, quien con la mirada fija en el monitor inhala la calma de una mañana sin apuros.

La madre llega a casa y todo huele a pan caliente. En la comisura de sus labios empieza a crecer una sonrisa: la anticipación de quien planea una sorpresa, la certeza de la alegría de la niña al descubrir el pan.

La madre recibe silencio mientras sube por las escaleras, gira a la derecha hacia la habitación de la niña. La niña no está. En tono bromista pregunta al padre dónde se la ha escondido. El padre no comprende, se levanta bruscamente y camina a la habitación de la niña. Pero la niña no está.

Ambos la llaman, gritan su nombre como siguiendo un juego. Las paredes sólo les devuelven el silencio de su cemento. El padre sale de la casa descalzo, listo para perseguir a los posibles secuestradores. La madre voltea cada puerta, cada clóset, cada mesa. La niña no está.

El padre entra a la casa, corre hacia la casita de plástico en el patio, tampoco está en la lavandería, tampoco está en la bodega. La madre se asoma por la escalera, mientras el padre sube transpirando derrota, sus miradas angustiadas se encuentran: la niña no está.

La ausencia de la niña pesa en el aire, la casa vacía de ella es inerte, las habitaciones sin su risa se vuelven la experiencia ajena de un pasado feliz. Se rompe en un minuto la vida. Los padres respiran intermitentemente, la angustiosa frase se pega en las fibras de su conciencia: La niña no está.

No están los ojos, no están las manos, no están los extremos de su cabello cubriéndole la cara, no están sus uñas pintadas de colores, no están sus pies pequeños ni su diminuta nariz. No está la niña, la niña no está. Y en el golpe de ansiedad las reglas del mundo no aplican, lo imposible les está pasando, sólo fue un pestañeo pero ella no está.

La madre observa la habitación de la niña, a punto de hundirse en la tristeza absoluta, se acuesta en el suelo y respira profundo, una vez, dos veces y se echa a reír. El padre va por ella, escucha su risa, y otra risa, una diminuta y lejana risa que le regala un profundo suspiro.

La niña está debajo de la cama.

Wonder Woman: La fuerza de lo vulnerable

“Es nuestro deber sagrado defender el mundo, así que eso es lo que voy a hacer”.

 

Cuando a mi hermano le compraban un muñeco de Batman o Superman, a veces, venía gratis, pegada a la caja de esos muñecos, una Mujer Maravilla. Esta figura de acción cruzaba los brazos y juntaba sus brazaletes cuando se le juntaban las piernas y por supuesto, a mi hermano no le interesaba en absoluto, así que me la regalaba.

Él construía bases de operaciones para sus héroes y sus villanos, ataba piolas de un extremo a otro de su cuarto para que los muñecos se deslicen de un lugar a otro, tenía una cantidad impresionante de muñequitos de superhéroes. Yo me conformaba con que algunas veces me permita entrar a su habitación para ser una espectadora de sus historias de aventura.

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Y bueno, yo sólo tenía a la Mujer Maravilla, así que cuando mi hermano no estaba yo aprovechaba y sacaba todos sus muñecos para hacer mi propias aventuras en las cuales, algunas veces la Mujer Maravilla tenía que salvar a todos los demás de los malévolos planes del Pinguino, y otras muchas veces yo me dedicaba a planear su elaborada boda con Superman (perdóname Lois).

No mucho después llegó a mi vida Lynda Carter; la mujer más hermosa que había visto en mi vida, personificando a mi heroína y haciendo mucho más que cruzar los brazos cuando le unían las piernitas. Yo era muy pequeña, no recuerdo nada de la serie más que la canción y claro, me recuerdo a mi misma, girando como un trompo para jugar a transformarme en alguien increíble, usando mi súper fuerza para defender a los desprotegidos y pelear por la justicia y el amor. Mi yo de 6 años se divertía un montón.

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El ícono vivió en mi corazón desde entonces y a lo largo de mi vida. Aunque no estuviera del todo mediáticamente presente. La reencontré en los cómics y la amé aún más. La hallé también en la cultura popular, enraizada en las mentes de quienes crecimos con ella. Me rodeé con su símbolo en camisetas, stickers, chaquetas y nuevas figuras de acción (esta vez compradas a propósito), ella siguió conmigo hasta la adultez, como un símbolo de fuerza y un pedacito eterno de mi infancia.

El fin de semana pasado, finalmente, después de más de 75 años desde su creación y casi 30 años después de que yo la descubriera,  la Mujer Maravilla llegó al cine. Y yo fui una niña de nuevo, en la butaca del cine mis piernas se acortaron y la ropa fue demasiado grande para mi cuerpo, porque me empequeñecí a voluntad frente a la luz brillante de la pantalla gigante.

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Podría decir que siempre me han gustado los superhéroes en general. Estaba enamorada del Superman de Christopher Reeve y estuve ahí al pie del cañón animando a todos, toditos, todititos los Batmanes (hasta el de George Clooney y sus tetillas). Y la nueva ola de héroes de Marvel me ha traído muchas alegrías.

Pero…

NADA se compara con lo que uno siente cuando ves a tu personaje favorito en la pantalla grande, cuando sientes que se le ha hecho justicia, es otra cosa esta emoción; es algo que me hizo entender realmente cómo se sintieron los chicos cuando vieron a sus favoritos en el cine por primera vez.

¿Qué si es objetivamente la película perfecta? No lo sé y no es relevante, subjetivamente, fue una de las mejores experiencias que pude vivir en un cine (que involucre sólo lo que pasaba en el film, wink wink). Wonder Woman es emocionante, tiene secuencias de acción increíbles (mi favorita es la de las Amazonas en la playa) y es completamente fiel al personaje y a todo lo que representa.

Lector, ahora tienes dos caminos que puedes escoger. El primero es considerar que aquí termina este texto y salir por la puerta 1. El segundo es continuar por esta lectura y dejarme contarte más sobre la Mujer Maravilla como personaje.

 

El Origen de Las Amazonas:

Los dioses del Olimpo, crearon a estas guerreras para que sirvan de mediadoras entre los dioses y los humanos, los protejan y a la vez den testimonio de las dádivas de los dioses a los humanos para que los humanos mantengan su fe en ellos. Ares, Dios de la Guerra se opone a este plan, argumentando que a los humanos sólo se los puede manejar a través del odio, la ira y la guerra.

Artemisa, y otras diosas, buscan el renacimiento de las almas de mujeres fuertes, víctimas de violencia masculina para crear a Las Amazonas. Pues consideran que la mujer tiene la capacidad de resistir a las tentaciones de Ares y su corazón protector es lo que la humanidad necesita.

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Luego Ares usa a Heracles para que vaya y engañe a Hipólita, se van todos de puñete, las esclavizan, se liberan lideradas por Hipólita y finalmente el propósito original de las Amazonas se pierde y los dioses las envían a una isla “donde los humanos no las puedan encontrar”. Una vez asentadas ahí, Hipólita se siente intranquila, y es cuando se le revela que de todas las almas renacidas, la de ella estaba embarazada y que era el momento de que esa alma renazca también, pero que ella tendría un destino especial.

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Esta es la historia de origen que nos presenta George Pérez en “Dioses y Mortales” de 1987, cómic que marcó la reinvención del personaje cuya narrativa previa ya estaba muy desgastada y compleja.

Conocer esta historia de origen nos permite saber por ejemplo porqué Diana es la única niña de la isla y porqué las Amazonas siempre están entrenando ya que juran que nunca volverán a ser sometidas (hay un paralelo aquí con grilletes y los brazaletes antibalas).

De todos estos detalles hay muchas variaciones. En algunas el traje azul y rojo está inspirado en la bandera norteamericana porque Diana es enviada a Estados Unidos y de esta forma la verán como aliada. En otras el traje simplemente por coincidencia tiene simbologìa similar y siempre estuvo custodiado por las Amazonas, junto con el lazo de Hera. La espada y el escudo vinieron luego. En la versión de Pérez ella no habla inglés, solo griego. En otra línea de tiempo Steve Trevor quien siempre ha sido el interés amoroso termina casado con Etta Candy y los enemigos de la Mujer Maravilla bailan entre los disfraces extravagantes y los poderes mitológicos, siendo Ares siempre su mayor némesis.

 

Los triunfos de Wonder Woman, la película

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Hay quienes cuando piensan en Wonder Woman, inmediatamente piensan que es la versión femenina de Superman. Como un Superman con curvas y faldita, y ya. Sin embargo, ha sido justamente esta visión limitada la que  tal vez no ha permitido que se realice una representación justa del personaje. El hecho de que haya tanta mitología involucrada y  que el villano de su historia sea un dios, complicaba aún más que se ajuste la historia a una narrativa audiovisual.

Sin embargo, al parecer sólo se necesitaba la visión de alguien que conociera bien al personaje, lo que representa y la importancia de sentirnos identificadas con ella (te hablo a ti Patty Jenkins).

En un universo cinemático de superhéroes cargado de testosterona viene una mujer a cambiar el ritmo. Superman no se puede sorprender por el sabor de un helado artesanal, Batman no se puede enternecer por ver a un bebé y ninguno de los dos puede permitirse a si mismo una casual sonrisa de vez en cuando solo porque sí.

La femeneidad del personaje no se esconde bajo el traje, se deja ver en cada una de sus acciones, honestas aunque a veces inocentes. Las Amazonas son mujeres todas, por su carácter protector, sensibilidad y compasión ante la humanidad. Diana, personificando la entrega total del amor femenino, se preocupa por las víctimas de la guerra, sufre con ellos y se lanza ante las balas porque sabe que tiene que hacer lo correcto y “pelear por quienes no pueden pelear por ellos mismos”.

Entonces, por un lado está la súper fuerza, las peleas emocionantes, geniales armas y trabajo en equipo y por el otro está presente la sensibilidad, la inocencia y el humor, pero es todo parte de lo mismo, porque Diana, es una mujer, con diferentes matices, emociones y capacidades que se “activan” según la necesidad, o sea es como una mujer real. Haciendo malabares en un juego de roles.

Ideas y frases que tal vez en otros contextos puedan ser cursis o idealistas, en ella funcionan. A nadie más le podría creer un: “…es acerca de lo que crees, y yo creo en el amor. Sólo el amor podrá verdaderamente salvar al mundo”, solo a ella. Y esa es la pista de lo bien logrado que estuvo el film.

A todo esto se suma que tenemos un equipo de outcasts, un Steve Trevor que no se siente menos sino que admira a la heroína, unas Amazonas personificadas por atletas olímpicas, jinetes expertas, campeonas de crossfit y policías; que son el mayor deleite de las primeras escenas y por supuesto Gal Gadot, la reina absoluta, la sonrisa que se robó todos nuestros corazones, no sólo por su belleza sino también por su dedicación y entrega para ponerse en la piel de un ícono tan grande de la cultura popular.

Salí del cine, sintiéndome todavía una niña, con ganas de pelear contra los villanos y girar y girar para convertirme en una súper mujer, y aunque todavía no lo logro, lo voy a seguir intentando.

La posibilidad de la aventura

De lunes a viernes el despertador suena a las 6:30 a.m. y la jefa de la orquesta baja las escaleras hasta la cocina, prende la cafetera, saca los huevos, pone a tostar el pan. Huele a desayuno. Los pequeños se levantan, son llevados a sus escuelas, son regresados de sus escuelas y entre el almuerzo y la hora de dormir observan, ríen, aprenden, comen y piden cosas, quieren al mundo en la palma de su mano, antes de que se enfríe, rápìdo, no, de ese color no me gusta, quiero el vaso de Hello Kitty.

Pero a veces…

A veces los aviones despegan, a veces dentro de una mochila cabe un mundo entero. Y entre dos todo es analizable, risible, posible. La montaña sonríe, los amigos aparecen de entre las sombras, nos dejan su luz y desaparecen. Con el despertador desactivado recordamos la fortaleza que nos habita. Comemos al apuro y vamos en taxi al teatro para ver nuestras fantasías hechas materia sobre las notas musicales que viajan entre una multitud de cómplices que a su vez tomaron otros taxis para buscar el mismo pedazo de alegría. El experimento funciona, el alma se purifica, la ovación es la manifestación de la catarsis.

Luego es hora del alcohol y las coincidencias, la cacería de un lugar a medida que nos permita perfeccionar la noche. Jugamos a movernos de mesa, no es un bar, ¡es un tablero de juego! Nos burlamos de la gente que aún usa “jerseys” tejidos con rombitos, perdón, de la gente que en lugar de usarlos, se los pone en la espalda y ata sus mangas sobre su pecho, a lo Carlton Banks. Llamaron los 90s, te esperan con los brazos abiertos. Volteó mi cartera en busca de la única tarjeta que luego recordé, se me había olvidado en casa; llevo a Andrés a la caja como ofrecimiento al dios de las cuentas por cobrar.

Volvemos al piso 8 a descansar el día, la noche y la madrugada; con el sol empezamos a poner otra vez al mundo dentro de nuestras mochilas. Caminamos por una ciudad que todavía se desperezaba para compartir el desayuno con alguien especial; sus manos calentaron la comida que me llenó de la fuerza necesaria para poder…quedarme dormida en el próximo taxi.

Con los bolsillos vacios pero la mente llena, volvimos a recorrer el cielo hasta llegar a la casa. Al caos familiar y conocido, al amor intenso que todo lo desbarata.

Y de lunes a viernes el despertador suena a la misma hora.

Pero a veces…

No se siente igual porque sabes que existe en tu camino la posibilidad de la aventura.

Una llama pequeñita, contenida en los hábitos familiares, siempre lista, siempre atenta para escaparse y convertirse libremente en llamarada.

Morir es fácil. La comedia es difícil.

Los demonios internos duermen y despiertan a placer.

Hoy quiero compartir con ustedes la traducción de un extracto sobre la depresión, tomado del libro “Furiously Happy” de Jenny Lawson. Ella plantea el tema desde una entrevista personal que le hace su esposo.

Considero que a veces verse reflejado en las palabras de otro nos ayuda a sentirnos, al menos un poco, menos solos.

Lo que quiero que sepas: Morir es fácil. La Comedia es difícil. La depresión clínica no es ningún maldito picnic.

Parecería que hasta este punto en un libro sobre depresión deberías ya deberías haber explicado qué es la depresión.

Es difícil de definir.

Bueno, esto es un libro, tal vez intenta…

Está bien. La depresión es como… cuando no tienes tijeras para cortar esa cinta plástica gruesa de seguridad que traen las nuevas tijeras que acabas de comprar porque no podías encontrar tus tijeras. Y dices: “a la mierda”, y tratas de abrir las tijeras con cualquier otra cosa, pero solamente tienes cuchillos plásticos sin filo y no te ayudan en nada, así que te quedas de pie en la cocina sosteniendo las tijeras que no puedes utilizar porque no puedes encontrar las tijeras y te frustras y lanzas las tijeras en el triturador de basura y duermes en el sofá por una semana. Así es la depresión.

Quiero ser útil, pero no sé si eso significa que debo pedirte que elabores o pedirte que dejes de elaborar.

Ok. Déjame refrasear. Algunas veces la locura es un demonio. Y algunas veces el demonio soy yo.

Y visito calladas veredas y bulliciosas fiestas y películas oscuras, y un pequeño demonio mira el mundo conmigo. A veces, él duerme. A veces, él juega. A veces se ríe conmigo. A veces me trata de matar. Pero siempre está conmigo.

Supongo que estamos todos poseídos de alguna forma. Algunos de nosotros con dependencia a pastillas o a vino. Otros a través del sexo o las apuestas. Alguno de nosotros a través de la auto-destrucción o la ira o el miedo. Y algunos de nosotros simplemente llevamos nuestros pequeños demonios mientras ellos  desatan el caos en nuestra mente, rasgando y abriendo los viejos y polvorientos baúles de malos recuerdos y dejando los restos regados por todas partes. Usando la piel de las personas que hemos lastimado. Usando la piel de quienes hemos amado. Y algunas veces, cuando se pone peor, usando nuestra piel. Estas veces son las más difíciles. Cuando puedes verte confinada a tu cama porque no tienes la fuerza ni la voluntad para dejarla. Cuando te encuentras a ti misma gritándole a alguien que amas porque quiere ayudar, pero no puede. Cuando te despiertas en una zanja después de tratar de beber o fumar o bailar para quitarte el dolor- o su ausencia. Esos momentos en los que eres más demonio que tú misma.

No siempre creo en Dios. Pero creo en los demonios.

Mi psiquiatra siempre me dice: “Pero si crees que hay demonios, es lógico que pudiese haber un Dios. Es como…creer en los enanos pero no en los cíclopes”.

He considerado señalarle que he conocido varios enanos en mi vida y casi ningún cíclope, pero entiendo lo que me quiere decir. No puede haber oscuridad sin luz. No puede haber un diablo sin el Dios que lo creó. No puede haber bien sin mal.

Y no puedo existir yo sin mi demonio.

Creo que estoy de acuerdo con eso.

O tal vez es mi demonio quien lo está.

Es difícil saberlo.

¿Qué consejo tienes para las personas que están buscando ayuda?

Cada enfermedad mental es diferente porque cada persona es diferente. No hay curas fáciles pero hay tantas herramientas disponibles ahora que las personas finalmente están empezando a hablar al respecto. Tienes que descifrar como sobrevivir a la depresión, lo cual es difícil porque estás más exhausta de lo que has estado en tu vida y tu cerebro te miente, y te sientes indigna del tiempo y energía (que usualmente no tienes) que se necesita para buscar ayuda.

Por eso debes apoyarte en tu familia, tus amigos y hasta en extraños para que te ayuden cuando tú no puedes ayudarte sola.

Muchas personas piensan que son un fracaso si su primer, segundo u octavo tratamiento contra la depresión o la ansiedad no funciona de la forma en que querían. Pero una enfermedad es una enfermedad. No es tu culpa que la medicación o la terapia  que has recibido para tratar tu desorden no funciona perfectamente o funcionó un tiempo pero luego ya no. No eres un problema matemático. Eres una persona. Lo que funciona para ti no funciona para mi (y visceversa), pero sí creo, en que existe un tratamiento para todos, pero requiere tiempo y paciencia encontrarlo…

…esto es lo que me ayuda a mi: Luz solar, antidepresivos, ansiolíticos, inyecciones de vitamina B, caminar, permitirme sentirme deprimida cuando necesito estarlo, beber agua, ver Doctor Who, leer, decirle a mi esposo cuando necesito que alguien me vigile, hacer un mix de canciones que quiero escuchar pero que sé que me van a poner peor, hablar con personas en twitter cuando no tengo ganas de salir al mundo…

¿Y qué cosas no ayudan cuando estás deprimida?

Puedo decirte que un “Ya, alégrate” es casi universalmente visto como la cura más inútil que hay. Es el equivalente a decirle a alguien a quien le han amputado una pierna que se cure caminando. Algunas personas no entienden que para muchos de nosotros, la enfermedad mental es un severo desbalance químico que va  mucho más allá de “está depre”, esas mismas personas bienintencionadas son las mismas que me dicen que  soy yo quien no me permito a mi misma recuperarme porque realmente debería “alegrarme y sonreír más”. Es entonces cuando considero cortarles los brazos y luego culparlos por no recoger sus brazos cortados para que los puedan llevar al hospital a que se los vuelvan a poner.

“Pero solo tienes que levantarlos y llevarlos a que te los arreglen. AY NI QUE FUERA TAN DIFÍCIL. Yo recojo cosas todo el tiempo. Todos lo hacemos. Y no, no te voy a ayudar porque esto es algo que deberías aprender a hacer tú sola. Yo no voy a estar siempre cerca tuyo para ayudarte, sabes. Estoy segura que podrías hacerlo si tan solo lo intentaras. Honestamente, es como sino quisieras tener brazos”.

Ya, está bien, sé que no es la analogía perfecta porque usualmente no pierdes los brazos debido a desbalances químicos involuntarios. A menos que yo te corte los brazos debido a mi desorden mental, en cuyo caso técnicamente sí podríamos decir que un desbalance químico causó que se te cayeran los brazos. Así que todos corremos peligro. Supongo que mi punto aquí es, que todos sufrimos cuando a las enfermedades mentales no se las toma en serio.

 

¿Nadie menos?

Aún estaba en una edad en la que lo único quería de la vida era llegar a mi casa para jugar con mis Barbies cuando me empezaron a lanzar besos y piropos en la calle. No entendía la intención detrás de las palabras, sólo sabía que de pronto empezó a incomodarme mucho sentir miradas ajenas sobre mi.

Me compraron mi primera “chaquetilla” cuando estaba en sexto grado. Un “sostén de entrenamiento” para niñas, cuyo elástico me fastidiaba mucho. Mi pecho plano, igual al del resto de niñas y niños que conocía, estaba empezando a tomar otra forma. Una forma que parecía designarme un nuevo lugar en el mundo.

Yo seguía siendo yo, pero los demás me miraban diferente. Mi escuela estaba en el centro de Guayaquil, y debía caminar de la escuela a la oficina de mis padres todos los días, mi mamá me acompañaba. Cuando alguien nos decía algo, mi mamá apretaba mi mano y caminábamos más rápido. Me sentí insegura en la calle desde el instante en que empecé a tener las primeras señales de pubertad, sólo quería que me dejen de mirar.

Con el paso del tiempo, aprendí a lidiar con eso, a vivir con eso, como la mayoría de mujeres en mi ciudad; hay quienes lo ignoran, hay quienes responden como consideren apropiado. Lo cierto es que nosotras cambiamos, nos adaptamos, ellos no.

Aún puedo ver niñas en uniforme de colegio a quienes los chóferes les pitan y les lanzan besos, porque son mujeres, porque tienen curvas, porque es un “piropo”.

Somos vistas como objetos de deseo desde muy jóvenes, y el ejemplo del piropo no es más que lo que se puede ver sobre la superficie del problema del acoso y de la violencia contra la mujer, que tiene tantas diferentes y variadas escalas de abuso. Un abuso que es constante, al punto de ser considerado prácticamente normal.

Y no está bien.

En pasadas semanas el tema de la violencia contra la mujer resonó en las redes sociales, como eco de un horrible crimen a una joven en Argentina. Un tema difícil de leer, difícil de procesar, un evento que motivó a muchas mujeres a romper el silencio sobre sus propias experiencias. Historias que fluyen a caudales, palabras con un trasfondo emocional fuerte, testimonios que inundaron las redes.

Y sin embargo, en medio de las voces que buscaban elevarse por una causa, había ruido, interferencia, un zapateo impaciente de parte de personas incapaces de comprender el problema, que niegan o minimizan las experiencias ajenas, tal vez porque nunca las han vivido.

Los hombres y las mujeres percibimos el mundo de diferentes maneras, las palabras no alcanzan muchas veces para lograr empatía en quienes no han experimentado o atestiguado ciertas situaciones. Para ellos este asunto está en un punto ciego de lo que pueden percibir de la vida: yo no soy así, no he visto que esto suceda nunca, por lo tanto están exagerando.

¿No podrían considerar  posible que  las diferencias sobre nuestra forma de percibir el mundo en que vivimos afecten a nuestra forma de pensar y, en consecuencia, a nuestra forma de comportarnos?  Los sesgos cognitivos de muchos hombres son cruciales a la hora de pasar por alto/minimizar/normalizar manifestaciones más que evidentes de violencia contra la mujer.

Lo que trato de decir es que tal vez no han conseguido los mejores puestos para ver el show de “Como son tratadas las mujeres”. Es más, ni siquiera consiguieron boletos. Pero igual quieren hacer la reseña.

Entonces, mientras se buscó enfocar la atención ante el problema de violencia contra la mujer usando la expresión (o hashtag) “Ni una menos”, pidiendo equidad y justicia, un grupo que no se siente representado escoge confrontar esto con “Nadie menos” ya que ¿por qué respetar solo la vida de las mujeres y no del resto?, una idea que nada tiene que ver con el objetivo real.

“Ni una menos” no quiere decir “respetemos SOLO la vida de las mujeres y de nadie más”, no es un asunto de si la vida de tal grupo humano tiene más o menos importancia en el mundo.

En ningún momento el “Ni una menos”, que busca unir a un grupo por una causa y poner en valor la vida de las mujeres, está tratando de restarle valor a las vidas de todos los demás. Asumir que sí, es insensato y no hace más que desestimar la causa. Por eso muchas de nosotras tenemos esta sensación de confusión y hasta ira cuando se busca confrontar el “Ni una menos” con el “Nadie menos”. Porque simplemente es un obstáculo innecesario ante el mensaje que se busca enviar.

¿Por qué irse en contra del mensaje en lugar de oirlo? Tal vez crees que esta lucha te es muy ajena, pero por favor pregunta, conversa con las mujeres cercanas a tu vida y verás que más de una ha pasado por alguna situación de acoso. Juzga menos y escucha más.

Todas las vidas importan, por supuesto, pero en este caso se busca resaltar un tema, como una respuesta directa a un incidente reciente que conmovió e indignó profundamente a muchas personas.

Es como que vas a una marcha por la lucha contra el cáncer a reclamar porque no están al mismo tiempo marchando por la lucha contra el SIDA. Porque no es cuestión de que un problema sea peor que otro, es sólo que este es el momento de hablar de un específico problema.

Porque este tema duele, vive arraigado dentro de cada una de nosotras, quienes hemos aprendido a vivir continuamente con alguna forma de acoso o violencia.

Porque son demasiadas, las amigas cercanas, las no tan cercanas, las de redes sociales, las víctimas en otras partes del mundo, demasiadas, quienes tienen testimonios de violencia. Y no debe tener nada de malo decidir dedicarle un día a estas mujeres para señalar esta realidad. Ellas no son sólo números, son mis amigas, no son estadísticas, son miembros de mi familia.

Y parte de ellas, también soy yo, y no quiero que mañana sea mi hija.

 

 

 

La amistad después de los 30

En primer curso, los pupitres del aula eran dobles. Varias columnas de niñas emparejadas formaban mi salón de clases en el María Auxiliadora. Mi compañera de asiento ese año fue Diana. Una niña flaquísima, ordenada casi al borde de la obsesión. Ella fue la primera persona en ayudarme en una lección, sin que yo se lo pidiese. Ella me arrastró a su forma de ver el mundo, una cartita a la vez.

El miércoles pasado Diana vino a mi casa, hicimos un postre y jugó con mi hija. A veces pienso que nuestra amistad de tantos años es una coincidencia cósmica: estuvimos en el lugar correcto en el momento correcto, pero el universo solo nos dio una chispa, el resto tiene mucho que ver con haber crecido juntas.

Hay una hermosa etapa de la vida en la que lo único que se necesita para cultivar una amistad sincera es saberte las mismas canciones tontas, bailar en un balcón y descubrir las maravillas de compartir una jarra de Trópico con Tang de naranja. Rodábamos en un oleaje de primeras veces, con tiempo de sobra y la emoción descontrolada de posicionarnos en el mundo.

Sin embargo, mientras nos acercamos a los 30, esa sensación de que la vida nos tiene muchas sorpresas por delante se diluye, las prioridades cambian y nos perdemos en horarios y obligaciones, ya no basta el alcohol (aunque ayuda), ni los gustos similares, ni compartir el mismo espacio físico, ahora somos más exigentes.

Nunca deja de llegar gente a nuestra vida, conversaciones fluyen, chistes van, chistes vienen, compartes alitas picantes con alguien después del trabajo, otros amigos nos presentan a  sus amigos, tenemos 40 diferentes grupos de whatsapp, saludamos a los padres de los amigos de nuestros hijos y “socializamos” por redes sociales, pero amigos de esos que puedes llamar en un momento de crisis, con los que no te daría vergüenza llorar, esos son escasos.

Y llegan a ser aún menos, quienes, luego de una interacción del tipo: “Hagamos algo un día de estos”, cumplen.

¿Presupuesto para salir a comer? Decente ¿Tiempo para una salidita? Arreglable ¿Gente disponible? Siga participando.

Un estudio, estima que a partir de los 25 años, empezamos a perder considerablemente el contacto con nuestros amigos:

“La gente se enfoca mucho más en ciertas relaciones y en mantener esas relaciones, puedes mantener contacto con nuevos miembros dentro de tu propia familia pero el círculo casual se reduce”.

Una vez que has tomado la decisión de quienes son las personas apropiadas en tu vida, sientes que puedes descansar en la búsqueda de nuevas amistades. Esto se complica aún más si se tienen hijos. ¿Es la solución entonces rendirnos ante nuestras necesidades sociales? En absoluto, los seres humanos somos seres que necesitamos compartir con otros, solo hay que meterle mucho más esfuerzo que antes.

En una década  (los 30) llena de retos, decisiones y stress, los amigos de ver cara a cara y no solo a través de la pantalla de un celular son importantes. Pero pensar en hacer amigos nuevos a esta edad da un poco de miedo y ansiedad. Todo se vuelve más difícil sin la simpleza de tener un juguete extra que intercambiarle a otro niño por un tiempo de juego, como lo hace mi hija con diferentes niños cada día cuando salimos al parque.

Dar ese primer paso requiere valentía, una valentía que yo no tengo; pero que afortunadamente otros han tenido.

Ese miércoles con Diana, salimos a comer con una amiga nueva. Alguien que se animó a extenderme su amistad solo porque se identifica con mis palabras. Y fue un poco como volver a tener una cita, con la anticipación del resultado final y la emoción de nuevas experiencias. Horizontes se expandieron, libros se recomendaron, historias se compartieron y hubo Nutella; directo al top de mejores citas.

Mi visión se aclara, y aún con la problemática de las nuevas amistades en mente, puedo ver que hay oportunidades aún en mi camino, pocas, pero brillantes. A mi edad la cantidad es nada versus la calidad; pues me conozco, me he descubierto y sé qué cosas funcionan para mi.

Puedo darme el gusto de escoger bien a las personas de las que decido rodearme: manipuladores, egocéntricos, reinas (o reyes) del drama, apáticos y demás; simplemente no pasan el proceso de selección.