El insulto como agente liberador

En el momento preciso en el que el dedo chiquito del pie se choca con la pata de la cama uno no puede hacer más que expresar de alguna forma verbal ese dolor intenso, puede ser un grito, un gemido o hasta un insulto.  Insultar es humano, es inmemorial, es una forma máxima de liberación verbal.

 El insulto cumple una de las funciones principales y necesarias dentro de la comunicación. Los hombres necesitamos insultar, y lo podemos hacer de muy diversas maneras, utilizando formas sutiles, disfrazadas, apoyándonos exclusivamente en el tono de nuestra voz o usando palabras especializadas en herir, sobajar y/o lastimar a las personas, es decir, haciendo uso de las llamadas “malas palabras” o groserías”.  Austin, J.L. Cómo hacer cosas con las palabras. 

Tanto insulta quien critica la inteligencia de otro con muchas palabras grandilocuentes como quien simplemente dice  “idiota”, el insulto está en la intención de lastimar o de provocar, en el tono y en la forma. Claro, son insultos en diferentes escalas pero si consideramos que insulto puede ser cualquier palabra o acción que cause una ofensa pues básicamente cualquier cosa puede ser considerada un insulto según cómo se lo mire.

Los insultos tienen una carga de significados muy específica, porque no es lo mismo decirle a alguien “ya no quiero hablarte” que decir “ándate al carajo”, lo segundo es mucho más satisfactorio para quien trata de comunicarse con alguien y necesita informarle a su interlocutor su frustración, es una vía  efectiva en una situación muy específica.  Por supuesto, no se trata de justificar usar malas palabras o malos gestos en cualquier circunstancia de la vida, se trata de entender que su uso en situaciones extremas es natural en el ser humano.

“Las groserías representan una válvula de escape para la tensión por la que pasamos, al insultar descargamos a tal grado nuestro enojo, nuestra impotencia, nuestro dolor, que se podría decir que el insulto puede cumplir también una funcionan catártica en el ser humano”. Margarita Espinosa, Algo sobre la historia de las palabrotas.

La señal del dedo medio

No es sencillo encontrar el verdadero origen detrás de la famosa señal del dedo medio, sin embargo he encontrado una teoría interesante:

Antes de la batalla de Angincourt en 1415, los franceses, que anticipaban su victoria frente a los ingleses, propusieron cortarle el dedo del medio a cada uno de los prisioneros de guerra, ya que sin ese dedo sería imposible disparar los famosos arcos de flechas británicos y, por lo tanto, dejarían de usar un arma importantísima en futuras batallas.

Pelearon 24000 franceses de infanteria, pero no contaban con las condiciones del clima y del terreno que favorecieron descomunalmente a los ingleses y finalmente dieron muestras de que conocían sus planes secretos, ya que comenzaron a mostrarles el dedo del medio en sus narices, mientras decían mofándose de los prisioneros: ““Miren, todavía podemos usarlo”. Y fue así como surgió esta costumbre que luego se extendió por el mundo como muestra de burla, sarcasmo y desafío.

El gesto con el “digitus infamis” o “digitus impudicus” también se menciona varias veces en los textos de la antigua Roma, bien para desviar la amenaza del mal de ojo o como insulto sexual y obsceno.

El poder de quien insulta

A pesar del posible origen poético del gesto del dedo medio, en la actualidad la mayoría de personas vemos en dicha señal un símbolo fálico cuyo objetivo es someter a quien lo recibe, es una forma de tomar poder, una reacción ante una situación frustrante. Con el dedo medio decimos jódete, ya no molestes, déjame en paz, o cualquier expresión de descontento ante una situación específica.

Insultamos para tomar una actitud dominante en un momento de inconformidad, para expresar hastío, frustración y hasta dolor, insultamos en varios momentos de nuestra vida, en especial en una sociedad que ha crecido escuchando malas palabras tanto en su entorno como en los diferentes medios.  Insultamos desde al busetero que nos lanza el carro encima hasta el jugador de fútbol que falla un penal, dejamos que el vapor salga para no ahogarnos con resentimientos, para no guardar silencio cuando nos sentimos afectados por algo.

El insulto como mecanismo de protesta es comprensible en un nivel de liberación de frustraciones, y también como una vía infalible para llamar la atención, después de todo muchas veces resuena más, por ejemplo, el caso del señor que se cose los labios para protestar que el grupo de personas que organiza una marcha. A veces, en situaciones desesperadas hay que romper los esquemas para que el mensaje llegue, siempre y cuando ésta sea una manifestación no violenta.

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3 thoughts on “El insulto como agente liberador”

  1. Felicitaciones Daniela por este nuevo blog. Espero que sigas actualizandolo. Muy interesante la historia de la “mala seña”.

    En mi caso, he erradicado de mi conversación las palabras soeces, reservandolas únicamente para los casos de frustración o dolor extremo.

    Recuerdo un capítulo de la serie Friends, en el que Ross ideó un sustitutivo de la mala seña para no ser descubierto por sus padres.

  2. Pingback: storre brost

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