De la chicha a la cerveza

Oh cerveza, amiga fiel y compañera, alivio de penas, liberadora de agonías. Tú, dorada y bañada de frío, esperando impaciente el momento, en que mis labios toquen tu principio para delirar con tus sabores, tu textura y su poder sobre mi lengua, la entrega absoluta a tus placeres.

Bebemos, en esta adultez novedosa, bebemos como quien saluda al vecino, sin vergüenza y sin tapujos, como si fuera la cosa más natural del mundo dejarnos llevar como hedonistas puros. Esto ocurre porque es efectivamente natural de alguna manera, entre todo ser social, una inclinación o curiosidad al estado mental que despierta el alcohol.

Si por ejemplo, yo quisiera forjar una amistad con alguien hay dos rápidos caminos, invitarlo a comer o invitarle un trago. Es así de simple, porque compartir alimentos y bebidas crea vínculos entre los seres humanos, aún más si son compartidos durante una ocasión importante. Las fiestas y celebraciones  son de naturaleza ritualista y utilizan distintas expresiones humanas como el canto, el baile y la ebriedad, las cuales vuelven especiales a las fiestas, creando alianzas y construyendo nexos.

El gusto por la “liberación mental” del alcohol es algo claro en la humanidad  desde que el mundo es mundo. El más claro ejemplo en nuestra historia es la chicha, una bebida hecha con maíz molido (sí, a punta de masticarlo) que se dejaba fermentar (gracias a las enzimas  que tiene la saliva) y cuyo resultado era una especie de bebida alcohólica que además de ser alimenticia al estar hecha a base de maíz tenía efectos asombrosos, casi mágicos.

Agustín de Zarate (1555; 1947: 532) escribe:

“Beben un brebaje en lugar de vi­no, que hacen echando maíz con agua en unas tinajas que guardan debajo de tierra, y allí hierve; y de más del maíz. Crudo, le echan en cada tinaja cierta cantidad de maíz mascado, para lo cual hay hombres y mujeres que se alqui­lan, y sirven como levadura”.

Se creía que la chicha tenía el poder de romper las barreras entre el mundo físico y el mundo espiritual, a  través de la chicha uno podía acercarse más al mundo de los dioses y mantener una comunicación con los espíritus. La relevancia de la chicha en la vida de los primeros habitantes se puede observar por ejemplo en los restos arqueológicos de Valdivia III, entre los cuales se han hallado numerosos recipientes especiales para la preparación y el consumo de la chicha. Nuestros antepasados tenían dos clases de ceremonias: las fiestas y los ritos de pasaje asociados al ciclo vital: nacimiento, primer corte de pelo, pubertad, alianzas de matrimonio, entre otros, y en todos se consumía grandes cantidades de chicha.  El grado alcohólico de la chicha era variable, aproximadamente 2% en la chicha nueva y 12% en la chicha fermentada.  Originalmente, el emborracharse con chicha formaba parte de todo ritual o celebración, y en este contexto, era incluso una obligación.

Y no es que nuestros antepasados fuesen alcohólicos, era una honesta creencia de que el estado mental que se alcanzaba a través de la chicha liberaba el alma y la llevaba a un plano donde la comunicación con los espíritus era posible. Y sin la comunicación con los espíritus no hay manera de pedir ayuda a los difuntos para que envien lluvia, tener buenas cosechas y demás, ya que para que todo esto suceda hay que mantener a los espiritus contentos. Asi que para que estén bien contentos comamos y bebamos con ellos, en el plano espiritual, así sabrán que no los hemos olvidado.

Y asi fue por mucho tiempo, hasta que llegaron los españoles y bueno todas estas actitudes paganas se tuvieron que desechar. Pero quedó en ellos el gusto por la celebración, el deseo de continuar compartiendo el sentimiento eufórico del alcohol y sus placeres, y así fue que en Guayaquil surgieron locales llamados “chicherías”, ya que con el paso del tiempo el consumo dejo de ser ritual, y luego de más tiempo aún la chicha pasó a ser una bebida de clases bajas debido a que se pensaba que era “antihigiénica”. Tomaron más fuerza los fermentos que se podían hacer con los nuevos productos que trajo la conquista y también las nuevas bebidas importadas.

Pero fue el fermento de la cebada, la cerveza, la que más acogida tuvo y así fue que las chicherías se transformaron en cervecerías, cambiamos el maíz por la cebada y la ritualidad por un simple deseo de celebración y buen ánimo.

De alguna manera sin embargo, seguimos siendo fieles a la búsqueda de comunión alma-cuerpo, ya no nos interesa la comunicación espiritual pero se mantiene la vinculación social, el sentirse parte de algo cuando se comparte una cerveza y reforzamos nuestros vínculos como seres humanos que vivimos en una misma comunidad, los reforzamos con gusto eso sí, aún conscientes de las virtudes para el alma que pueden caber dentro de una cerveza bien helada.

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