La vagancia milenaria

“Lo que pasa es que los ecuatorianos somos vagos”, es la excusa cuando se cuestiona la voluntad de nuestro país para concretar cambios. ¿Es este enunciado un prejuicio, una autocrítica o una realidad? ¿Somos un pueblo que es simplemente vago y ya?

La respuesta queda en el aire, suspendida en la conciencia de cada uno. Sin embargo, existen algunas referencias históricas que permiten un ejercicio interesante de reconocimiento, en busca del origen de esta pereza que parece ser ya un estigma.

Nuestra posición geográfica es sumamente privilegiada, aquí crece de todo y crece bien, así ha sido desde siempre.  La flora y la fauna del Ecuador es muy rica, lo fue desde sus orígenes y luego su variedad aumentó con las nuevas plantas y animales que trajo la conquista y que se adaptaron muy bien.

Por otro lado, es claro que la alimentación es la necesidad más básica del ser humano, el hambre es la motivación más fuerte para un ser humano, para obligarse a si mismo a ser creativo, recursivo, valiente y hasta inteligente para procurarse comida cuando la requiere.

Pero, en un medio que como vimos antes provee alimentos con mucha facilidad, es más sencillo para sus habitantes bajar la guardia y relajarse ante un entorno que les da todo lo que necesitan para sobrevivir.

Adrian R. Terry coemnta al respecto en “Viajes por la región ecuatorial de América del Sur”, 1832:

“El árbol de plátano que crece abundantemente a su alrededor les brinda mas alimento vegetal del que pueden consumir.  Gracias al clima casi no necesitan ropa, razón por la cual andan medio desnudos.  Las pequeñas cantidades de combustibles que se requieren para la cocina las consiguen los niños en los bosques de las márgenes del río.  Estas personas no se preocupan de la educación de sus hijos, los cuales crecen en la ignorancia y superstición de sus padres;  para ganar dinero rápidamente llevan frutas y  vegetales al mercado, y crían gallos de pelea con los que visitan las galleras y pueblos de las villas.  La grandiosa generosidad de la naturaleza ha hecho a las clases pobres indolentes, ociosas e impróvidas”.

El nuestro era un pueblo que hasta antes de la conquista se dedicaba a comer y festejar, dado a la vida en familia, la pesca y la cosecha, se vivía tan tranquilamente me imagino yo, que ¿quién querría cambiar las cosas?, por eso cuando se dio el gran choque cultural debe haber sido muy complicado asimilar los cambios en sus costumbres, dificultad que se mantuvo con ellos hasta cientos de años después.

En numerosos reportes de la época colonial, los cronistas coinciden en un aspecto, Guayaquil era una ciudad para comer bien y mucho. Existen extensos listados de los productos expendidos en los mercados, todas las frutas imaginables, los vegetales y los peces y mariscos abundaban, además de consegurise con facilidad y a buen precio, en esta ciudad podía pasar cualquier cosa menos que alguien se quedara con hambre. Y este momento de abundancia se mantuvo en los años a seguir.

En las “Crónicas del Guayaquil Antiguo” de Modesto Chávez Franco podemos ver un poco de lo accesibles qué solían ser las frutas por ejemplo:

“Los racimos de plátanos pesaban de80 a100 libras; cada balsa traía 600 y valían 2 reales.  Son casi el pan de la población.  Las naranjas a 10 centavos  el ciento. Las piñas a 5 centavos;  los mangos a 200 por 5 centavos;  aguacates y zapotes a 10 centavos el 100.  Las demás frutas eran tan abundantes y baratas que se regalaban de gracia en otras compras. ¡Y qué piñas, qué mameyes!¡ Qué caimitos y mangos y naranjas las de entonces! ¡Qué sandías de a medio! ¡Qué melones de a real!  ¡Qué chirimoyas de a 2 reales el ciento!”

Otra referencia histórica sobre la falta de empuje de los ecuatorianos la tenemos en las observaciones que hizo Simón Bolívar al llegar al Ecuador las cuales muestran como a su parecer, éste era un pueblo falto de carácter a la hora de defenderse, menos aún de animarse a ir al campo de batalla, una población que no reaccionaría sin ser obligada a hacerlo.

Guayaquil, 15 de Abril de 1823 – Carta al General Santander:

“Los campos y las ciudades han quedado desiertas para tomar 3.000 hombres y para sacar 200.000 pesos. En Quito y Guayaquil se han tomado los hombres todos, en los templos y en las calles para hacer reclutas, esto se ha obtenido a fuerza de bayoneta, porque esta gente no está acostumbrada a hacer sacrificios y el enemigo está a 300 leguas de aquí.”

Sin embargo es la abundancia alimenticia lo que creo yo que define más la ausencia de motivación por parte de los pobladores de antaño, en otra crónica títulada “Viajes a través de los majestuosos Andes del Ecuador” de Edward Whymper nuevamente se habla de la sencilla supervivencia de las clases bajas:

“Guayaquil es el principal puerto de la Repúblicadel Ecuador,  y la segunda ciudad en población, después de Quito,  En 1879 era un lugar de mucha actividad.  La guerra entre el Perú y Chile atrajo hacia él una gran corriente comercial y se llenó de muchos refugiados.  Casi no se podía encontrar alojamiento por dinero y era muy difícil conseguir servicio.  La vida parecía ser muy fácil para las clases bajas en esta ciudad:  con un gasto insignificante, pueden desayunarse con chocolate, almorzar piñas y cocos, y merendar plátanos”.

Las clases bajas no sentían ninguna necesidad de superar sus ingresos pues sus necesidades se cubrían con muy poco. Entonces, ¿Es posible que en efecto la “vagancia ecuatoriana” sea una realidad que arrastramos desde nuestro pasado y que aún no aprendemos a corregir?

Ciertamente no es un rasgo claro ni una verdad absoluta sobre todos los ecuatorianos, esta es una sociedad que sí trabaja y trabaja durante largas jornadas con un sueldo muy bajo, se hacen sacrificios a diario para poder sobrevivir en la situación actual.

Igual me queda la duda, ya que podría suceder que un pueblo que vivió durante centenares de años rodeado de abundancia culinaria no sepa cómo enfrentarse a los cambios de un mundo que empezó a agotar sus recursos y en el cual es cada día más difícil prosperar.

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