08: Los Nintendos

Nintendo tiene asperger.

O sea, piénselo un poco: No le gusta socializar con sus semejantes, le gusta crear sus propias reglas de juego, cuando algo le gusta mucho puede obsesionarse con ello y a veces no entiende las convenciones sociales, pero claro, además es súper inteligente y extremadamente creativo.

Es una teoría válida, si Nintendo fuese una persona, como mínimo pensaríamos: “es bien excéntrico ese man”.

Mi primera consola fue el NES, con Mario y Duck Hunt en el mismo cartucho. Al igual que muchos de mi generación mi relación con este cartucho rayaba en la obsesión. No recuerdo que tanto nivel de odio me despertaba el perro que se te burlaba cuando fallabas en Duck Hunt pero sí sé que traté de dispararle muchas veces.

En realidad la consola era de mis hermanos, quienes habían dado un gran salto al pasar al Nintendo del Atari. Me encantaba verlos jugar, podía sentarme a mirar por horas, así sea que estén jugando poker o alguna cosa aburrida para una niña. Tengo dos hermanos mayores, me llevan 10 y 8 años de diferencia y desde pequeños han disfrutado de molestarse el uno al otro en niveles épicos. Para mi es mucho más emocionante verlos jugar Fifa y escucharlos narrarlo todo y rayarse CONSTANTEMENTE, que ver cualquier partido de fútbol de la vida real.

Luego vino el Super Nintendo con Super Mario World, no entiendo como mis padres no me encerraron en algún centro de rehabilitación, creo que podía hacer los dos primeros niveles (los dos puntitos uno a cada lado de la Casa/Árbol de Yoshi) con los ojos cerrados. A esta consola la abusé demasiado en mi infancia, y eso que solo teníamos tres o cuatro juegos (eran carísimos). Sé que tenía alguno de fútbol, uno de Tiny Toons, F-Zero y Super Tennis (oh yeah). Mi vecino venía a jugar conmigo y se iba bravo porque siempre le ganaba con mi súper técnica de betunero (patente pendiente), que consiste en aplastar los botones sin ninguna estrategia en mente. No me juzguen, todos alguna vez lo hemos hecho.

El Nintendo 64 y el PS1 no los tuve, pero me los prestaron y los pude disfrutar mucho. Mi siguiente consola fue el PS2, en la cual descubrí que soy una chica de Hack and Slash, todo fue risas y diversión hasta que una plaga de bichos anidó en la fuente de poder y se murió. Por ahí también un Game Cube me abrazó por las noches pero el interés decayó, el man tenía buenas intenciones y todo, pero a decir verdad, era demasiado cuadrado para mi. De ahí me calmé un poco con los videojuegos, hasta que llegó World of Warcraft.

El 6 de Octubre del 2006 fue el último día de mi vida gamer.

El 7 de Octubre del 2006 nació mi primer hijo.

He tratado de volver pero no es lo mismo, puedo disfrutar de pocas experiencias gratificantes en este aspecto,  más por falta de tiempo que de ganas.

Anoche filmamos un episodio especial de L1R1, el podcast de videojuegos que Andrés y otros amigos graban en mi casa. Todos los detalles de la gran convención de videojuegos E3 fueron discutidos fervientemente por más de dos horas, tal vez tres. Pregúntales sobre su día y se quedan mudos, pregúntales qué opinan del nuevo God of War y te darán el psicoanálisis completo de Kratos, son como las mamás y sus telenovelas.

– ¿Vieron como el man lo quiso abrazar al hijo pero no pudo?

– Parece el clásico drama del hijo que necesita la aprobación de su padre

– Seguro son cosas normales que pasan cuando mueres y revives

Yo armé el set, las luces y ubiqué las cámaras. Me encargué grabar y de los acercamientos, también pude aportar frente a la cámara con mis opiniones del nuevo Zelda. La adulta que soy estaba muy orgullosa de mi trabajo y la niña pequeña que hay en mi estaba feliz de estar ahí, en medio de noticias y bromas de  videojuegos. Un lugar donde me siento cómoda.

Estoy viva en una época en la cual la seriedad de la adultez puede conjugarse con los pasatiempos de mi infancia. Es como tener una lugar feliz portátil (y con stylus), una manifestación concreta de una sonrisa, ese espacio cada vez menos imaginario en el que puedo ser un héroe, o heroína (inclusión represent), ahí donde la música que me enseña una princesa puede hacer todas las cosas menos aburridas.

 

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