09: Belleza

Cada día hay menos de mi. Esto no es una metáfora.

Creo que todos en algún momento de nuestra vida sentimos algún fuerte vacio emocional, yo siempre he tratado de llenar el mío con comida. Así lo demuestran grandes pasatiempos de mi infancia tales como:

– Acabarse las dos fundas larguísimas de Choco Chips que venían en la caja sin empacharme.

– Vaciar la funda de Oreo en un vaso de leche, esperar que se disuelvan y comerlo con cuchara

– Agente Espía Secreto de Media Noche: Misión Especial Funda de Tangos

– ¿Qué tal sabrá esto si le echo leche condensada? Demostración 1: El Fresco Solo

Esto ocasionó que exista una época de mi vida entre los 8 y los 11 en los cuales mi hermano y mi padre creyeran que estaba bien referirse a mi con apodos como “ballenita” o “moflecito” (y eso que sí me querían, creo). Supongo que buscaban hacerme sentir mal hasta que decida cambiar, no fue muy efectivo, por suerte llegó la pubertad y las cosas se acomodaron.

Sin embargo ya era tarde, me avergonzaba mi cuerpo y me consideraba fea. Esto se agravó en la adolescencia, esa horrible etapa de la vida en la cual estás segura de que todo el mundo te observa y te juzga así que decides criticarte y juzgarte tú primero para estar preparada y cubrir tus fallas genéticas con ropa y maquillaje.

Solo en esta edad una persona es capaz de sentir que sus rodillas no son suficientemente simétricas y que el hecho de que se marcara visiblemente el músculo detrás de las pantorrillas dañaba la silueta de toda la pierna (por este motivo usé medias altas casi toda la secundaria).

Llegó un punto en el que me cubría tanto que mi propio padre me decía que debía mostrar más piel y vestirme como “carne” (esto fue muchos años antes de Lady Gaga, mi padre era un visionario).

No era feliz gorda y no era feliz flaca, no era feliz de ninguna forma porque simplemente yo no me gustaba. Es como si mi cuerpo y yo tuviésemos un matrimonio arreglado, al principio no nos teníamos confianza porque no nos conocíamos muy bien pero con el tiempo y los retos de la vida hemos aprendido a conocernos y por lo tanto a amarnos.

No es hasta que tienes dos hijos y pierdes la habilidad de metabolizar un king de pollo, que valoras tu cuerpo de la adolescencia, esa figura que se mantenía esbelta a pesar del azúcar, el moro de lenteja con maduro frito y el colorante rojo #6.

Mi cuerpo ha cambiado mucho, pero también he cambiado yo, aún me avergüenzo de mi brazo gordo (el que decide inflarse orgulloso cuando lo van a fotografiar), pero es una vergüenza tan corta que se desvanece de mi memoria en segundos. Ya no me quita el sueño la simetría de mis rodillas y rezo para que se  vuelvan a marcar los músculos de mis piernas (porque solo Dios me puede ayudar con ese milagro), porque ahora entiendo, porque ahora me quiero.

Y porque me quiero asumí el reto, a mis 33 años de aprender a andar en bicicleta. Un reto que vencí hace un par de meses y que me está dando poco a poco una figura saludable, despacio, con paciencia y sin juzgarme. Aunque aún a veces me siento un poco juzgada por mi familia, o por la cajera de Carl’s Jr (creo que eso fue más por bailar mientras ordenaba, a pesar de que no había música, ¡la música estaba en mi cabeza! ¿ok ?); lo importante es que ya no me puede vencer un apodo o un comentario.

Cada vez hay menos de mi en masa pero más de mi en espíritu. Al final uno no es lo que otros ven, ni lo que el espejo le devuelve, uno es la fuerza ganada de las experiencias vividas, ese norte que te ayuda a diferenciar cuales guerras internas son reales, y cuales solo son imaginarias.

 

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