10: Tiempo

Aunque soy adulta todavía me compro juguetes, para tenerlos dentro de sus cajas, donde puedan soportar el paso del tiempo mejor, sin piezas perdidas y sin riesgo de desmembramiento. Me causa placer mirarlas, perfectas al detalle, con la pintura intacta y con todos sus accesorios. Me enorgullece saber que así no se perderan para siempre esos diminutos zapatos.

Cuando era niña soñaba, como todos los niños, con pasar toda la noche dentro de una juguetería, pero no solo lo soñaba, a veces lo planeaba. Me fijaba en la ubicación de las cámaras de vigilancia, buscaba espacios suficientemente grandes como para esconderme, estaba convencida de que si me acostaba en el piso más alto de los escalones que servían de estantería para los peluches más grandes, nadie podría verme. Lo difícil sería soportar inmóvil hasta que todos se vayan.

Me causaba emoción imaginarme esa espera, lograr ese reto y alcanzar el objetivo. Anticipaba que sería como esa sensación de caída que vibraba caliente en medio de mi abdomen cuando jugaba a las escondidas en la casa con mis amigos y pasaban por la zona de mi escondite pero no me veían (mi lugar favorito para esconderme era sobre el refrigerador, protip: nadie mira hacia arriba). Era muy buena en ese juego.

Y cuando apagaran las luces de la juguetería y se fueran todos los trabajadores, podría salir de detrás de ese perro café y blanco de ojos tristes que me encantaba observar pero que era demasiado caro como para pedírselo a mis padres. Lo abrazaría hasta cansarme y luego continuaría la aventura, directo al pasillo de las Barbies.

Sabía que llevármelas sería robo, esto me causaba una inmensa culpa, tal vez si jugaba con todas ellas dentro de la misma tienda no sería tan grave (porque escaparse de casa e irrumpir en propiedad privada estaba súper bien).

Más que las muñecas, me interesaba abrir las cajas de los accesorios y armar la mayor casa de la Barbie jamás imaginada, todo el mundo sabe que el 80% de la diversión de jugar a las Barbies era construir el ambiente de juego.

Dos piscinas, cuatro habitaciones, una cocina, tres bañeras, una bicicleta y todos los carros. También abriría los paquetes de ropa, y luego les daría mascotas y familia a todas esas Barbies huérfanas. Y cuando me canse de explorar todos estos accesorios, dejaría lista esa casa perfecta pero no jugaría. Avanzaría al pasillo de los Ponys y empezaría todo de nuevo.

El problema era que no tenía un plan de escape. Y pensar en ese plan lo hacía demasiado real, implicaba tener que lidiar con figuras de autoridad y miradas de decepción. El miedo a la confrontación era muy superior a mis anhelos de cumplir esta fantasía.

A veces me pregunto si mi gusto por los juguetes es en realidad un placer estético, como me he dicho a mi misma, o si es una forma de sentir que tengo conmigo pedazos portátiles de niñez. Hace unos años pedí por internet un par de muñecas que perdí en mi infancia, porque quería tenerlas de nuevo, esta vez para que las disfrute mi hija.

En un juguete siempre hay magia, o al menos la posibilidad de ella. Son vehículos para la fantasía, la imaginación y las historias. Y aunque no juegue con ellos siempre me va a encantar tenerlos.

He estado explorando últimamente esta íntima relación que tenemos los seres humanos con nuestro pasado y nuestro presente. Esa perspectiva del paso del tiempo que nos permite marcar el antes y el después de una experiencia, esos momentos donde nos olvidamos de que el tiempo no existe.

Comprar un juguete, sea para mi o para mis hijos, siempre me hace sonreír. Recorrer los pasillos de una juguetería es visitar un lugar feliz del que quisiera no tener que salir jamás. Encuentro una particular alegría en revivir sentimientos de mi pasado. A menudo me refiero a esta sensación como una emoción que tiene “la niña que llevo dentro”, pero creo que no es la expresión correcta.

A la niña no la llevo dentro, yo soy la niña, como ahora soy la adulta, porque nunca he dejado de ser.

Daniela es quien planeaba infiltrarse en la juguetería, y esa misma Daniela es quien hoy escribe, y será la misma Daniela la que verá su piel arrugarse frente al espejo. Cambia la coraza y acumulamos conocimientos, pero en esencia somos lo mismo.

Es algo que veía en los ojos de mi abuela y en lo dulce que se ponía su voz al hablar de su “mamita” y de su “papito” a pesar de tener más de 90 años.

Es solo cuestión de fijarnos bien, para darnos cuenta de que detrás de la piel cambiante, ahí siempre estamos.

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3 comentarios en “10: Tiempo

  1. Bello… El otro día justo le decía a alguien que nuestra esencia no cambia con los años, aprendemos -algo-, maduramos -algunos-, pero nuestra imaginación no envejece, y seguimos con ganas de hacerlo todo, aunque poco a poco la “coraza” se deteriora y no nos lo permite. Qué duro tiene que ser envejecer 😫

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