13: La risa partida

En el exacto momento en el que su madre cerraba los ojos por última vez, en la cama de un hospital envejecido, las niñas supieron que debían huir. Él soltó la mano de la madre y volteó su mirada al pasillo, las miraba con seguridad y calma, para él su mujer no era más que una posesión, y ahora, sin ella en el camino, sería el turno de ellas.

Las niñas se agarraron de las manos y empezaron a correr hacia la salida, no pudieron verlo, pero sabían que las seguiría.

– Anika, corre a la casa, debajo de tu cama encontrarás instrucciones

– ¡No! ¿y tú qué vas a hacer Nanu? ¡Por favor ven conmigo!

– Voy a ganarnos tiempo, por favor confia en mi

Anika dudó, tenía tanto miedo de quedarse aún más sola en el mundo, lo vio abrir la puerta del hospital, se dio la vuelta, apretó los puños y se puso a correr. El viento golpeaba su cara, le ardían las piernas y las lágrimas volaban desde sus ojos, pero no se detuvo ni un segundo hasta llegar a la pequeña casa, el último refugio de sus objetos olvidados, el lugar al que esperaba no tener que volver jamás.

Agarró un bolso y empezó a guardar el poco pan que quedaba en la mesa, dos mantas, un cuchillo y dos bufandas. Se agachó para observar debajo de su cama, de donde desprendió la carta. Antes de salir fue a la habitación de su madre, tomó sus aretes favoritos y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.

Volvió a correr, sentía que la perseguía el miedo a cada paso que daba. Se escondió detrás de un árbol grueso y abrió el papel que llevaba en la mano:

“Anika, querida, si estás leyendo esto, es porque nos ha dejado el ángel. No tengas miedo. Yo estoy en la rueda del camino, donde compartimos la risa partida. Estaré en el algodón blanco, negro y gris, que crece detrás del maíz, en el agua que corre verde, detrás del gran sol de hojas, donde nos espera lo desconocido.”

Le temblaban las manos, pensaba en las últimas palabras de Nanu: “confía en mi”. Siempre había confiado en ella, sin importar la situación, después de todo era su hermana mayor. Ella le enseñó a subirse al árbol de manzanas, no solo para comerlas sino también para esconderse de él en las noches en que llegaba furioso a buscarlas. Ella le enseñó a nadar contra la corriente, en la parte menos profunda del río, en cuyo suelo se acumulaban piedras verdosas que al medio día parecían tinturar el agua.

Leyó y releyó las palabras sobre la hoja. Entonces dejó de llorar, se puso de pie y siguió adelante. Lo que tenía en sus manos no era una carta, era un mapa. Un código que solo ella podía descifrar, una medida de seguridad.

-La risa partida- susurró mientras se tocaba la cicatriz que tenía en el labio superior, corrió sobre la colina hasta llegar una rueda, caída junto un árbol sin hojas, donde hace más de dos años se había hecho la herida al tratar de columpiarse de pie en la rueda que antes colgaba de una de sus frágiles ramas y la cual cedió ante su peso. Halló sobre la rueda un caramelo de miel. Nanu había pasado por ahí.

Siguió corriendo hasta el maizal, detrás de la jaula de los conejos de la Sra. Julia, a quienes tantas veces habían ido a acariciar y alimentar, uno blanco, uno negro y uno gris, sabía que iba por buen camino. Conocía muy bien el camino al río, hubiese sido mucho más rápido tomar otra ruta, pero esta era la que su hermana sugería y esta era la que ella seguiría. El sol empezaba a bajar en el cielo cuando llegó a la parte poco profunda. A la distancia pudo ver el gran árbol amarillo, vio hacia atrás, nadie la seguía, se dejó hundir en el agua y recibió el frío con una sonrisa, como una promesa de libertad.

Salió del otro lado, tenía frío pero no le importaba. Caminó hasta el árbol, nunca se había alejado tanto del pueblo, estaba pisando una zona muy cerca del área prohibida. Muchas veces habían planeado huir hacia el otro lado, pero no sabían cómo conseguirlo. Se sentó debajo del árbol a esperar.

Detrás del árbol empezaba la pared, una estructura verde, una muralla de hojas detrás de la cual empezaba el otro bosque, de donde nadie había vuelto, a dónde todo temían entrar. Sentada, se dedicó a observar, a buscar, a encontrar. Las hojas empezaron a moverse, una pequeña sección cercana a la tierra, desde donde escuchó en un susurro la dulce voz de Nanu.

Anika vio abrirse un espacio en medio de la verde pared, se acercó despacio hasta reconocer la mirada que del otro lado le daba la bienvenida. Se arrastró por la tierra hasta cruzar. Nanu cubrió el agujero detrás de ella, de inmediato. Se miraron, como revisando que ambas estuviesen completas, Anika se lanzó hacia ella en un abrazo que a Nanu le pareció muy largo pero a Anika le pareció muy corto. Anika sacó de su bolsillo los aretes que había tomado de la casa, se puso uno y le extendió el otro a su hermana Nanú, quien mientras lo abrochaba le dijo:

– ¿Confías en mi?

– Siempre

Y juntas caminaron hacia el bosque, con la luz naranja del sol que moría. A lo desconocido, pero juntas.

 

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