19: Funkayeah

– ¿Te sientes vieja?

– No realmente, sólo un poco fuera de lugar

Yo entendía el sentimiento, es extraño llegar a una edad en la cual uno es adulto pero los otros adultos a tu alrededor en su mayoría tienen diez años menos que tú. ¿Importa la diferencia de edad? ¿De qué forma? No puedo poner mi dedo con exactitud sobre el origen del problema, pero hay cierta distancia, una separación entre la forma de conducirnos entre la gente que se prestaba para análisis antropológico.

Este sábado fuimos al Funka Fest a ver a Babasónicos, una banda que suena desde mis años de colegio. Cuando nos reuníamos a fiestas en casas o en discotecas alquiladas, mientras vestíamos con plataformas, vestidos floreados y gargantillas, o sea como ahora.

Qué miedo.

No hay mayor prueba de que has estado ya bastante tiempo en este mundo que ver regresar a la popularidad la moda de tu adolescencia. Me arrepentí de haber regalado mis faldas de tablones, mis labiales de tonos oscurísimos y todas mis gargantillas de terciopelo. O sea no es como que ninguna de esas cosas me va a entrar en mi curvilicious cuerpo de ahora, pero quién sabe, hay costureras que hacen maravillas.

Fue una noche diferente, de esas que uno no espera vivir tan cerca de uno, Guayaquil tantas veces me ha decepcionado culturalmente que fui con las expectativas bajas, lo cual hizo tal vez más placentero lo que allí se vivió.

Diana, Freddy, Andrés y yo, recorrimos el Palacio de Cristal entre carpas de productos, comida, cerveza y música, sin parlantes escupiendo reguetón en cada esquina, con la brisa del río, con mesas para conversar, en medio de centenares de personas diferentes y variadas con quienes compartimos ciudad y a las que nunca vemos. Un extraño sentido de comunidad nos embargaba, sobretodo cada vez que nos encontrábamos con amigos, colegas o conocidos, se vivió música y fiesta, pero también abrazos y reencuentros.

Juntamos los bolsillos para las cervezas y los cigarrillos, bailamos en la explanada, entre la gente emocionada, cuando Babasónicos empezó a tocar. Nos dimos miradas cómplices, juzgamos un poco, pero bromeamos más. El tiempo se nos pasó volando, y al concluir la noche entre el humo y las botellas en el piso, salimos en masa de vuelta a la realidad. El malecón y los cuidacarros nos esperaban.

Con la emoción disipada, llegaron los dolores, la reuma, el lumbago o bueno tal vez solo los pies rendidos de tanto caminar. La realidad nos mandó a la cama directamente, exhaustos pero felices.

No pertenecemos siempre, es cierto, porque escogemos resonar de otra forma y en otro lugar. No es una cuestión de actitud, menos es una cuestión de edad. Mi realidad es ajena a otra porque yo tengo mis caminos claros y la ausencia de caminos alternos ya no me asusta, tengo una meta y quiero la mejor ruta. Nos rodeamos de lo que nos hace bien, ya no hay angustía en las experiencias perdidas. Somos grandes y no pasa nada, estamos más pulidos y eso simplemente nos permite brillar un poco más.

 

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