20: Antonieta

La noche que Antonieta murió soñé con ella. Fue un sueño que era un recuerdo, viaje en el tiempo esa noche. Estábamos en la playa de la base naval, era esa hora del día en la que está aún claro pero también está ya casi oscuro, cuando el sol ya está muy abajo en el cielo. Antonieta, Diana, Olgui y yo empujábamos un bote inflable, el bote era azul con rayas amarillas y remos amarillos, estábamos sacando el bote del mar, estaba oscureciendo y ya debíamos regresar. Lo llevamos levantado, para que no se ensucie con la arena, y lo apoyamos en una de las paredes blancas, tan características de las casas de aquella base naval en Salinas. No podíamos para de reír, no podría decir el motivo de nuestra risa pero era inocente e imparable. Solo sé que estábamos felices. Nos habíamos encontrado.

Teníamos tal vez doce años, la secundaria estaba empezando. Luego de años de amistades superficiales, finalmente sentía que algo hacia “clic” entre nosotras. No sé si fue tener que correr a toda velocidad por los pasillos del tercer piso del colegio para evitar que la Madre Superiora nos arranché los collarcitos que habíamos comprado en la playa, o si fue simplemente la convivencia diaria, pero en ese primer curso tuve la mejor amistad de mi vida.

Con Diana y Antonieta (luego Viviana se sumaría  al ecuación) sentía que podía ser yo misma, no es fácil encontrar personas que se rían con mis chistes y que me hagan reír con los suyos, para mi el sentido del humor crea conexiones que van mucho más allá de una carcajada, el sentido del humor de una persona me deja saber como piensa, que siente, de qué forma giran los engranajes de su cerebro. Con ellas nada era muy tonto o muy loco, ellas me entendían.

Por eso  aún cuando me cambié de colegio, seguimos juntas. En la universidad nos alejamos un poco, pero en general nunca dejamos de vernos aunque sea de formas breves. Ellas fueron las damas de la corte en mi matrimonio, y cantaron conmigo cuando decidí dedicarle una canción al novio. Es curioso como fue justamente ese vestido azul que usaron el día de mi boda el que ella escogió vestir el día de su funeral. Los principios y los finales suelen tener muchas cosas en común supongo.

No hace mucho abrí mi caja de recuerdos, esa que aún ahora alimento con dibujos de mis hijos, y encima de todos los papeles y fotografías, encontré una larga cinta de papel, grande como un cartel. En marcador negro y rojo decía simplemente: Te Quiero Mucho Att. Antonieta. En la misma caja guardo cartas variadas, una foto de cuando ella era niña (con una dedicatoria detrás) y una cartera tejida que me trajo cuando viajó a Israel y que dejé de usar por su fragilidad. Guardo estas cosas con un cariño extra, porque son como ejemplos concretos de que ella existió en mi vida y de lo mucho que nos quisimos.

De alguna forma, todavía la quiero.

Recuerdo que estábamos en casa de Diana cuando ella, aún con el uniforme de su trabajo, nos mostró las diferentes protuberancias que había en su cuerpo. Ya había pasado por un agresivo tratamiento y una operación en la que parte de su lengua fue removida. Sin embargo, estas inflamaciones la preocupaban, eran una mala señal. En su cabeza, en su pecho, justo en medio de toda su juventud, el cáncer no pretendía soltarla.

¿Qué podíamos hacer? ¿Qué podía hacer ella? ¿Qué podía haber hecho nadie? Nos quedamos a su lado a observar como se marchitaba, en medio de conversaciones del pasado, libros, carteles de ánimo y algunas sonrisas cómplices.

Diana siempre lo supo, tan realista como siempre, me llamaba en llanto a lamentarse porque la perderíamos. Yo trataba de animarla, de animarme, de mentirnos un poco para pasar la noche.

Yo lo supe una tarde en la sala de emergencias de Solca, cuando a pesar de mirarme no me reconocía, cuando las palabras empezaban a huir de su memoria, cuando su mirada dejó de estar presente y su mente divagaba. Ella no estaba, aparecía de vez en cuando, pero cada vez quedaba menos de ella.

Recuerdo que empecé a ir a su casa cada vez que podía, a sentarme al lado de ella, a veces en el piso porque también estaba su familia. No conversábamos, solo iba a hacer compañía, porque no sabía que más hacer, mi hijo estaba aún bien pequeño y tomaba las pocas horas que podía para estar allá. Era muy raro, se vivían tantas cosas en esa casa, tensiones que no puedo ni siquiera empezar a imaginarme, aún no sé si es más doloroso pensar en ella delgada e irreconocible o pensar en los ojos de su madre, a quien fuimos a visitar en contadas ocasiones después de que Antonieta se marchara.

Es difícil aceptar que la muerte le llega a unos antes que a otros, es complicado no tomarse de forma personal estas injusticias. Y sin embargo, cuando ves a una persona consumirse hasta dejar de ser, a pesar de existir, también entiendes como la muerte es el siguiente paso natural.

Aún hay noches que sueño con ella, en mis sueños siempre está feliz, tiene una blusa color vino y lleva el cabello suelto, ya no necesita usar una peluca; la veo tan linda, es que ella siempre lo fue.

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