24: La Pared de Ladrillos

Habíamos planeado ir a hacer el mercado el sábado en la mañana, lo habíamos  discutido a lo largo de la semana, pero me quedé dormida. Las horas pasaron y para cuando estuvimos listos para salir de casa los cuatro ya no nos alcanzaba el tiempo, así que continuamos con la agenda y fuimos a visitar padres/abuelos y a comer en familia.

Salir de casa todos los miembros de esta pequeña familia es algo que requiere de más de una hora de preparación, Andrés y yo tratamos de ganar el primer turno de la ducha. La niña debe ser lavada, peinada, vestida, enzapatada y perfumada (a petición de ella), por alguien más, aún no posee la destreza necesaria para hacerlo sola, puede en cambio, pararse en un solo pie como un flamingo, la acrobacia que le causa mayor orgullo.

El mayor puede solo, pero con los necesarios empujones verbales de “ya apúrate”, “¿por qué sólo tienes puesto un zapato?”, “te dije que te peinaras” y “hace calor no te pongas chaqueta”. Todo esto sin despegar los ojos de su televisor, intensamente interesado en alguna serie cuyos episodios debe haberse visto mínimo unas diez veces.

Andrés se queda listo hasta la mitad, parece que le falta mucho, pero en realidad solo necesita ponerse una camiseta y peinarse, cuando estamos casi listos le digo que también se vista, entonces se pone todo y baja al carro a apurarnos. Los niños se regresan por su reloj, su muñeca, a alguno se le ha olvidado lavarse los dientes.

El stress es tangible, todos con hambre, todos con pereza, todos al carro.

Son situaciones que suelen repetirse los fines de semana, al menos ese sábado después el almuerzo familiar, los niños se fueron con mis padres, pues Andrés y yo teníamos una cita con una cámara de fotos.

Nos tomaríamos fotos promocionales. Luego de muchas palabras y muchas ideas, decidimos unir fuerzas con nuestros amigos comediantes y formar algo más grande que sus componentes separados. Lo hablado finalmente dejó de ser aire para convertirse en imagen, cuando concretamos un nombre y fotografías.

Debíamos estar a las 4pm en Puerto Azul, llegué a las 2pm a la peluquería:

– Cepillado, no planchado, no me gusta demasiado lacio.

En una hora estuve en casa poniéndome lo que pensé ponerme, pero Andrés opinó que no era un buen look, así que confié en sus ojos y me fui por algo un poco más rockero. Dicen que el color negro en la ropa hace ver a los gorditos menos gorditos así que me fui hecha la darks.

Llegamos al punto de encuentro una media hora tarde lo que para Ecuador es llegar muy puntuales. Seguimos a los fotógrafos a la locación, luego de algunas vueltas por la ciudadela encontramos finalmente la pared de ladrillos.

Esta era mi segunda sesión de fotos, estaba menos angustiada y más colaboradora, sé que no soy modelo, pero hay que trabajar con lo que se tiene. Todos con bolsos de opciones de ropa, en la calle, en plena tarde, todos con ganas de hacer algo bonito. Posamos de forma rápida y natural. Yo probé varias poses que no funcionaron y unas dos que sí, me bastaba con una, es difícil acostumbrarse a la cara de uno.

Y todo estaba perfecto, todo estaba saliendo bien, hasta que cambiamos de locación. Todos los hombres se cambiaron de camisa en donde estaban, yo siendo la única mujer decidí cambiarme dentro del carro, y en el apuro, solté las llaves. Salí del carro y se activaron los seguros de forma automática. Había dejado la única forma de acceso al vehículo, dentro del vehículo. Por favor, denme un premio.

De entre las cosas del vestuario, sacamos un armador y jugamos a los ladrones. Diversos ángulos se trataron, alcanzar tal botón, alcanzar la llave, mover el seguro, por una ventana, luego por la otra. Andrés muy molesto llamaba a la compañía de seguros, Kevin contaba nuestro mini drama a través de Facebook Live, Pedro abrazaba un árbol imitando a Freddy Ehelers y yo me moría de vergüenza por ser la causante de todo.

– Pero, hey, las fotos están bien lindas ¿no? (inserte aquí cara de cojuda)

Como era de esperarse, en el preciso instante en que se aproximaba a la zona el cerrajero del seguro del vehículo, Gino logró abrir el carro con el armador. Andrés tuvo que pasar la vergüenza de decirle al pobre señor: “Disculpe, pero ya nada”. Nos subimos todos y nos fuimos a comer.

La sobremesa estuvo animada, telenovelesca y reveladora, asuntos quizás para otro texto. Sin embargo, una cosa era segura, el grupo existía, había fotos y hashtags para probarlo. Se vienen nuevas aventuras.

Amanecí entre llantos por filos de pan en el sánduche del desayuno por parte de una niña de tres años, con juguetes en el piso y platos sin lavar, una mañana de mamá normal, de mamá que tiene que alimentar, cuidar y corregir.

Anochecí entre risas, en un restaurante, con amigos comediantes, luego de una sesión de fotos con chaqueta de cuero y pelo de gabinete.

Al final uno nunca es una sola cosa, hay que decirle a la vida qué es lo que uno quiere, y obligarla a que te escuche.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s