¿Nadie menos?

Aún estaba en una edad en la que lo único quería de la vida era llegar a mi casa para jugar con mis Barbies cuando me empezaron a lanzar besos y piropos en la calle. No entendía la intención detrás de las palabras, sólo sabía que de pronto empezó a incomodarme mucho sentir miradas ajenas sobre mi.

Me compraron mi primera “chaquetilla” cuando estaba en sexto grado. Un “sostén de entrenamiento” para niñas, cuyo elástico me fastidiaba mucho. Mi pecho plano, igual al del resto de niñas y niños que conocía, estaba empezando a tomar otra forma. Una forma que parecía designarme un nuevo lugar en el mundo.

Yo seguía siendo yo, pero los demás me miraban diferente. Mi escuela estaba en el centro de Guayaquil, y debía caminar de la escuela a la oficina de mis padres todos los días, mi mamá me acompañaba. Cuando alguien nos decía algo, mi mamá apretaba mi mano y caminábamos más rápido. Me sentí insegura en la calle desde el instante en que empecé a tener las primeras señales de pubertad, sólo quería que me dejen de mirar.

Con el paso del tiempo, aprendí a lidiar con eso, a vivir con eso, como la mayoría de mujeres en mi ciudad; hay quienes lo ignoran, hay quienes responden como consideren apropiado. Lo cierto es que nosotras cambiamos, nos adaptamos, ellos no.

Aún puedo ver niñas en uniforme de colegio a quienes los chóferes les pitan y les lanzan besos, porque son mujeres, porque tienen curvas, porque es un “piropo”.

Somos vistas como objetos de deseo desde muy jóvenes, y el ejemplo del piropo no es más que lo que se puede ver sobre la superficie del problema del acoso y de la violencia contra la mujer, que tiene tantas diferentes y variadas escalas de abuso. Un abuso que es constante, al punto de ser considerado prácticamente normal.

Y no está bien.

En pasadas semanas el tema de la violencia contra la mujer resonó en las redes sociales, como eco de un horrible crimen a una joven en Argentina. Un tema difícil de leer, difícil de procesar, un evento que motivó a muchas mujeres a romper el silencio sobre sus propias experiencias. Historias que fluyen a caudales, palabras con un trasfondo emocional fuerte, testimonios que inundaron las redes.

Y sin embargo, en medio de las voces que buscaban elevarse por una causa, había ruido, interferencia, un zapateo impaciente de parte de personas incapaces de comprender el problema, que niegan o minimizan las experiencias ajenas, tal vez porque nunca las han vivido.

Los hombres y las mujeres percibimos el mundo de diferentes maneras, las palabras no alcanzan muchas veces para lograr empatía en quienes no han experimentado o atestiguado ciertas situaciones. Para ellos este asunto está en un punto ciego de lo que pueden percibir de la vida: yo no soy así, no he visto que esto suceda nunca, por lo tanto están exagerando.

¿No podrían considerar  posible que  las diferencias sobre nuestra forma de percibir el mundo en que vivimos afecten a nuestra forma de pensar y, en consecuencia, a nuestra forma de comportarnos?  Los sesgos cognitivos de muchos hombres son cruciales a la hora de pasar por alto/minimizar/normalizar manifestaciones más que evidentes de violencia contra la mujer.

Lo que trato de decir es que tal vez no han conseguido los mejores puestos para ver el show de “Como son tratadas las mujeres”. Es más, ni siquiera consiguieron boletos. Pero igual quieren hacer la reseña.

Entonces, mientras se buscó enfocar la atención ante el problema de violencia contra la mujer usando la expresión (o hashtag) “Ni una menos”, pidiendo equidad y justicia, un grupo que no se siente representado escoge confrontar esto con “Nadie menos” ya que ¿por qué respetar solo la vida de las mujeres y no del resto?, una idea que nada tiene que ver con el objetivo real.

“Ni una menos” no quiere decir “respetemos SOLO la vida de las mujeres y de nadie más”, no es un asunto de si la vida de tal grupo humano tiene más o menos importancia en el mundo.

En ningún momento el “Ni una menos”, que busca unir a un grupo por una causa y poner en valor la vida de las mujeres, está tratando de restarle valor a las vidas de todos los demás. Asumir que sí, es insensato y no hace más que desestimar la causa. Por eso muchas de nosotras tenemos esta sensación de confusión y hasta ira cuando se busca confrontar el “Ni una menos” con el “Nadie menos”. Porque simplemente es un obstáculo innecesario ante el mensaje que se busca enviar.

¿Por qué irse en contra del mensaje en lugar de oirlo? Tal vez crees que esta lucha te es muy ajena, pero por favor pregunta, conversa con las mujeres cercanas a tu vida y verás que más de una ha pasado por alguna situación de acoso. Juzga menos y escucha más.

Todas las vidas importan, por supuesto, pero en este caso se busca resaltar un tema, como una respuesta directa a un incidente reciente que conmovió e indignó profundamente a muchas personas.

Es como que vas a una marcha por la lucha contra el cáncer a reclamar porque no están al mismo tiempo marchando por la lucha contra el SIDA. Porque no es cuestión de que un problema sea peor que otro, es sólo que este es el momento de hablar de un específico problema.

Porque este tema duele, vive arraigado dentro de cada una de nosotras, quienes hemos aprendido a vivir continuamente con alguna forma de acoso o violencia.

Porque son demasiadas, las amigas cercanas, las no tan cercanas, las de redes sociales, las víctimas en otras partes del mundo, demasiadas, quienes tienen testimonios de violencia. Y no debe tener nada de malo decidir dedicarle un día a estas mujeres para señalar esta realidad. Ellas no son sólo números, son mis amigas, no son estadísticas, son miembros de mi familia.

Y parte de ellas, también soy yo, y no quiero que mañana sea mi hija.

 

 

 

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