La posibilidad de la aventura

De lunes a viernes el despertador suena a las 6:30 a.m. y la jefa de la orquesta baja las escaleras hasta la cocina, prende la cafetera, saca los huevos, pone a tostar el pan. Huele a desayuno. Los pequeños se levantan, son llevados a sus escuelas, son regresados de sus escuelas y entre el almuerzo y la hora de dormir observan, ríen, aprenden, comen y piden cosas, quieren al mundo en la palma de su mano, antes de que se enfríe, rápìdo, no, de ese color no me gusta, quiero el vaso de Hello Kitty.

Pero a veces…

A veces los aviones despegan, a veces dentro de una mochila cabe un mundo entero. Y entre dos todo es analizable, risible, posible. La montaña sonríe, los amigos aparecen de entre las sombras, nos dejan su luz y desaparecen. Con el despertador desactivado recordamos la fortaleza que nos habita. Comemos al apuro y vamos en taxi al teatro para ver nuestras fantasías hechas materia sobre las notas musicales que viajan entre una multitud de cómplices que a su vez tomaron otros taxis para buscar el mismo pedazo de alegría. El experimento funciona, el alma se purifica, la ovación es la manifestación de la catarsis.

Luego es hora del alcohol y las coincidencias, la cacería de un lugar a medida que nos permita perfeccionar la noche. Jugamos a movernos de mesa, no es un bar, ¡es un tablero de juego! Nos burlamos de la gente que aún usa “jerseys” tejidos con rombitos, perdón, de la gente que en lugar de usarlos, se los pone en la espalda y ata sus mangas sobre su pecho, a lo Carlton Banks. Llamaron los 90s, te esperan con los brazos abiertos. Volteó mi cartera en busca de la única tarjeta que luego recordé, se me había olvidado en casa; llevo a Andrés a la caja como ofrecimiento al dios de las cuentas por cobrar.

Volvemos al piso 8 a descansar el día, la noche y la madrugada; con el sol empezamos a poner otra vez al mundo dentro de nuestras mochilas. Caminamos por una ciudad que todavía se desperezaba para compartir el desayuno con alguien especial; sus manos calentaron la comida que me llenó de la fuerza necesaria para poder…quedarme dormida en el próximo taxi.

Con los bolsillos vacios pero la mente llena, volvimos a recorrer el cielo hasta llegar a la casa. Al caos familiar y conocido, al amor intenso que todo lo desbarata.

Y de lunes a viernes el despertador suena a la misma hora.

Pero a veces…

No se siente igual porque sabes que existe en tu camino la posibilidad de la aventura.

Una llama pequeñita, contenida en los hábitos familiares, siempre lista, siempre atenta para escaparse y volverse libremente en llamarada.

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