La niña

La niña juega en su habitación. Dos muñecas se invitan a comer pastel de chocolate y un perrito de peluche se une a la fiesta de té. La voz de la niña resuena en el pasillo, rebota en las paredes, salta sobre el ladrido del perro y llega a los oídos de su padre, quien con la mirada fija en el monitor inhala la calma de una mañana sin apuros.

La madre llega a casa y todo huele a pan caliente. En la comisura de sus labios empieza a crecer una sonrisa: la anticipación de quien planea una sorpresa, la certeza de la alegría de la niña al descubrir el pan.

La madre recibe silencio mientras sube por las escaleras, gira a la derecha hacia la habitación de la niña. La niña no está. En tono bromista pregunta al padre dónde se la ha escondido. El padre no comprende, se levanta bruscamente y camina a la habitación de la niña. Pero la niña no está.

Ambos la llaman, gritan su nombre como siguiendo un juego. Las paredes sólo les devuelven el silencio de su cemento. El padre sale de la casa descalzo, listo para perseguir a los posibles secuestradores. La madre voltea cada puerta, cada clóset, cada mesa. La niña no está.

El padre entra a la casa, corre hacia la casita de plástico en el patio, tampoco está en la lavandería, tampoco está en la bodega. La madre se asoma por la escalera, mientras el padre sube transpirando derrota, sus miradas angustiadas se encuentran: la niña no está.

La ausencia de la niña pesa en el aire, la casa vacía de ella es inerte, las habitaciones sin su risa se vuelven la experiencia ajena de un pasado feliz. Se rompe en un minuto la vida. Los padres respiran intermitentemente, la angustiosa frase se pega en las fibras de su conciencia: La niña no está.

No están los ojos, no están las manos, no están los extremos de su cabello cubriéndole la cara, no están sus uñas pintadas de colores, no están sus pies pequeños ni su diminuta nariz. No está la niña, la niña no está. Y en el golpe de ansiedad las reglas del mundo no aplican, lo imposible les está pasando, sólo fue un pestañeo pero ella no está.

La madre observa la habitación de la niña, a punto de hundirse en la tristeza absoluta, se acuesta en el suelo y respira profundo, una vez, dos veces y se echa a reír. El padre va por ella, escucha su risa, y otra risa, una diminuta y lejana risa que le regala un profundo suspiro.

La niña está debajo de la cama.

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