Volver a Quito

Mi ropa en un armador, colgada de la manija de la puerta. Dormir con las medias puestas. Las maletas listas. Las chaquetas sobre las maletas. Mi mamá encendía la luz de mi habitación para despertarme, empezábamos a alistarnos a las cinco de la mañana, teníamos alrededor de media hora antes de que lleguen a recogernos.

Conducía una de mis tías*, cuando escuchábamos el pitazo, bajábamos las escaleras de casa con emoción, mi papá bajaba las maletas (con menos emoción). Creo que yo dormía más de la mitad del viaje, feliz de levantarme cuando el carro se detenía, para saber dónde estábamos y sobretodo qué comeríamos

La primera parada era Jujan, para comer fritada. También parábamos a comprar melcocha, directamente del melcochador que envolvía el dulce afuera de su casa. En Salcedo había que parar a comer helado. En Aloag a comprar dulce de leche. Me gustaba ver por la ventana cómo iba cambiando el paisaje, los verdes claros de la costa por los verdes más oscuros de la sierra. El frío empezaba a aparecer cuando subíamos la montaña, se empañaban los vidrios. Me hacía bolita, con la cabeza sobre las piernas de mi mamá, me volvía a dormir.

En ese carro se conversaba de todo, las chicas se reían y cantaban, haciendo que convivir alrededor de ocho horas dentro de un vehículo sea un maravilloso caos de bromas, canciones a gritos y ronquidos (no de la conductora, evidentemente).

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Íbamos a Quito todos los años, a visitar familiares, pasear y comer donde nos coja el día, para luego volver exhaustas a dormir juntitas en colchones o sofás de casas ajenas que nos recibían con cariño; con mínimo tres colchas encima. Algunas noches ellas salían a divertirse, con botas altas y sobretodos. Se entregaban a la noche quiteña juntas y siempre volvían con historias geniales.

Yo quería ser como ellas. Las observaba fascinada.

La tradición se diluyó con el tiempo, ausencias inevitables y giros de la vida. Mis visitas a la capital se han vuelto más distanciadas, ahora son viajes familiares o escapadas relámpago, y por lo general viajo en avión; pero aún me causa admiración el cambio de paisaje, el aire diferente y el extraño placer de estar en una ciudad ajena.

Hace unas semanas pude volver a Quito, pero esta vez hubo un factor diferente: viajé sola. Tengo un hijo, una hija, un gato, un perro y un esposo, a quienes amo profundamente, sin embargo, ser parte de una familia es lindo pero agotador, casi nunca estoy sola en mi día a día, lo que me hace apreciar realmente mi tiempo personal.

La euforia del cambio de zona geográfica se avivaba con la libertad absoluta de haber viajado sola: a la única persona que tenía que llevar al baño era a mi misma. Armada con mis libros y mis podcasts todas las esperas hasta llegar a mi destino en lugar de ser un fastidio fueron para mi como una tarde en el Spa.

Al llegar compartí cama, techo y comida con mi familia de allá, hasta que cayó la noche y me vestí para salir con amigas a ser protagonista de mis propias historias geniales. Llegaron las botas y el sobretodo, la niña pequeña que nunca he dejado de ser dio un saltito de alegría ante el paralelo. Ya era como ellas.

Caminé por sus calles respirando historia, conseguí todos mis souvenirs y visité todo lo que mis piernas me permitieron. Experimenté la belleza de compartir pista de baile con un grupo de extraños y también la de conversar uno a uno con una amiga de años que comprendía mis silencios, mientras brindamos con cócteles raros escuchando a Taylor Swift en versión Big Band.

El escenario y las situaciones cambian, pero la vida tiene una impetuosa necesidad de repetir ciclos. Me veo en el reflejo de un recuerdo, y soy la hija que ahora es madre pero también es niña, al menos durante el segundo en el cual me reconozco en una memoria de otra época.

Compré peluches de cuys hechos de alpaca y turrones para entregarle a los ansiosos niños que me esperaban en el aeropuerto. Los pequeños jefes me dieron licencia de volver a mi, para que regrese a ellos recargada de amor y de “lo que me puedas traer de regalo”.

Fue un viaje necesario para recordar que sobrevivir es posible  entre las loncheras y los bares. Un fin de semana, de reconectar con mi pasado y hacer descubrimientos interesantes de él. 

Justo antes de salir al aeropuerto, al despedirme de mi tía abuela, ella me mostró algunos de los tesoros que escondía bajo su cama. Fotografías, cartas, recortes de periódico y el libro. El libro que nunca he podido encontrar y la trágica historia detrás de su autor: mi bisabuelo.

Gustavo Tamayo Mancheno, a quien podemos observar en esta foto. Es el de lentes, cuarto a la derecha, contando desde Velasco Ibarra.

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Continuará…

 

 

*Tía: las hermanas de tus padres y/o las amigas de tu mamá

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El Registro

Escribo para no olvidar. Lo he hecho desde que tengo memoria.

Tengo cajas de recuerdos de papel: notas de amigos, carteles escritos con letra gorda y cartas sin entregar. Soy una hoarder de recuerdos, porque sé que poseo una terrible memoria y creo que si guardo pedacitos del pasado algo me queda de esas historias. También guardo objetos: zapatos de bebé, autógrafos y las primeras obras de arte de mis hijos. Todo con el afán de no perder el pasado. De ser capaz de volver a estos objetos y recordar qué sentía la yo que era hace diez años, hace quince años, hace veinte. No sólo por nostalgia, sino también por el placer de la preservación de mi pasado.

Releí algunas entradas de este blog y me gustó mucho reencontrarme con perspectivas olvidadas y detalles de cosas divertidas, ideas que se habrían perdido para siempre sino estuviesen escritas. Escribir es registrar, es un testimonio del presente que podemos llevarnos al futuro. Es literalmente, el inicio de la Historia.

Por eso quiero seguir escribiendo y guardando historias. No sólo mías sino también ajenas. Aparentemente esto de tratar de meter recuerdos en cajas, o en letras, es mi misión en la vida.

Tengo una historia de 1960 y una del 2017, quiero tenerlas escritas para que me ayuden a viajar en el tiempo.

Stay Tuned.

 

Firme

El príncipe llegó disfrazado de vampiro,
mi risa rebotaba en su pecho,
encontraba pistas en mis silencios,
la luz roja de mis latidos
quemó mi paz con cada beso.

Y fui princesa
que nadó en el lodo
y mariposa sin alas
y mar sin agua
y hueco sin fondo…

Cuando debí morir de ti
y renacer en otra parte,
escogí quedarme con mi adicción más grande,
y un regalo nos cegó de pronto
para entender de qué se trataba la vida.

De uno a dos
de dos a tres,
de tres a cuatro.

Un nido de pajaritos blancos,
de sol a luna,
de primavera a invierno,
de mi voz a tus letras,
de mi vida a la tuya
en el huracán cotidiano,
de ser de ti,
pero también de ellos.

Sobre mis piernas fuertes
está el peso del mundo que imaginamos,
todas mis decisiones,
descansan en mi como eslabones,
a veces me hundo en la arena,
ante las olas.

Pero yo aquí me quedo
¿y tú?

La niña

La niña juega en su habitación. Dos muñecas se invitan a comer pastel de chocolate y un perrito de peluche se une a la fiesta de té. La voz de la niña resuena en el pasillo, rebota en las paredes, salta sobre el ladrido del perro y llega a los oídos de su padre, quien con la mirada fija en el monitor inhala la calma de una mañana sin apuros.

La madre llega a casa y todo huele a pan caliente. En la comisura de sus labios empieza a crecer una sonrisa: la anticipación de quien planea una sorpresa, la certeza de la alegría de la niña al descubrir el pan.

La madre recibe silencio mientras sube por las escaleras, gira a la derecha hacia la habitación de la niña. La niña no está. En tono bromista pregunta al padre dónde se la ha escondido. El padre no comprende, se levanta bruscamente y camina a la habitación de la niña. Pero la niña no está.

Ambos la llaman, gritan su nombre como siguiendo un juego. Las paredes sólo les devuelven el silencio de su cemento. El padre sale de la casa descalzo, listo para perseguir a los posibles secuestradores. La madre voltea cada puerta, cada clóset, cada mesa. La niña no está.

El padre entra a la casa, corre hacia la casita de plástico en el patio, tampoco está en la lavandería, tampoco está en la bodega. La madre se asoma por la escalera, mientras el padre sube transpirando derrota, sus miradas angustiadas se encuentran: la niña no está.

La ausencia de la niña pesa en el aire, la casa vacía de ella es inerte, las habitaciones sin su risa se vuelven la experiencia ajena de un pasado feliz. Se rompe en un minuto la vida. Los padres respiran intermitentemente, la angustiosa frase se pega en las fibras de su conciencia: La niña no está.

No están los ojos, no están las manos, no están los extremos de su cabello cubriéndole la cara, no están sus uñas pintadas de colores, no están sus pies pequeños ni su diminuta nariz. No está la niña, la niña no está. Y en el golpe de ansiedad las reglas del mundo no aplican, lo imposible les está pasando, sólo fue un pestañeo pero ella no está.

La madre observa la habitación de la niña, a punto de hundirse en la tristeza absoluta, se acuesta en el suelo y respira profundo, una vez, dos veces y se echa a reír. El padre va por ella, escucha su risa, y otra risa, una diminuta y lejana risa que le regala un profundo suspiro.

La niña está debajo de la cama.

Wonder Woman: La fuerza de lo vulnerable

“Es nuestro deber sagrado defender el mundo, así que eso es lo que voy a hacer”.

 

Cuando a mi hermano le compraban un muñeco de Batman o Superman, a veces, venía gratis, pegada a la caja de esos muñecos, una Mujer Maravilla. Esta figura de acción cruzaba los brazos y juntaba sus brazaletes cuando se le juntaban las piernas y por supuesto, a mi hermano no le interesaba en absoluto, así que me la regalaba.

Él construía bases de operaciones para sus héroes y sus villanos, ataba piolas de un extremo a otro de su cuarto para que los muñecos se deslicen de un lugar a otro, tenía una cantidad impresionante de muñequitos de superhéroes. Yo me conformaba con que algunas veces me permita entrar a su habitación para ser una espectadora de sus historias de aventura.

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Y bueno, yo sólo tenía a la Mujer Maravilla, así que cuando mi hermano no estaba yo aprovechaba y sacaba todos sus muñecos para hacer mi propias aventuras en las cuales, algunas veces la Mujer Maravilla tenía que salvar a todos los demás de los malévolos planes del Pinguino, y otras muchas veces yo me dedicaba a planear su elaborada boda con Superman (perdóname Lois).

No mucho después llegó a mi vida Lynda Carter; la mujer más hermosa que había visto en mi vida, personificando a mi heroína y haciendo mucho más que cruzar los brazos cuando le unían las piernitas. Yo era muy pequeña, no recuerdo nada de la serie más que la canción y claro, me recuerdo a mi misma, girando como un trompo para jugar a transformarme en alguien increíble, usando mi súper fuerza para defender a los desprotegidos y pelear por la justicia y el amor. Mi yo de 6 años se divertía un montón.

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El ícono vivió en mi corazón desde entonces y a lo largo de mi vida. Aunque no estuviera del todo mediáticamente presente. La reencontré en los cómics y la amé aún más. La hallé también en la cultura popular, enraizada en las mentes de quienes crecimos con ella. Me rodeé con su símbolo en camisetas, stickers, chaquetas y nuevas figuras de acción (esta vez compradas a propósito), ella siguió conmigo hasta la adultez, como un símbolo de fuerza y un pedacito eterno de mi infancia.

El fin de semana pasado, finalmente, después de más de 75 años desde su creación y casi 30 años después de que yo la descubriera,  la Mujer Maravilla llegó al cine. Y yo fui una niña de nuevo, en la butaca del cine mis piernas se acortaron y la ropa fue demasiado grande para mi cuerpo, porque me empequeñecí a voluntad frente a la luz brillante de la pantalla gigante.

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Podría decir que siempre me han gustado los superhéroes en general. Estaba enamorada del Superman de Christopher Reeve y estuve ahí al pie del cañón animando a todos, toditos, todititos los Batmanes (hasta el de George Clooney y sus tetillas). Y la nueva ola de héroes de Marvel me ha traído muchas alegrías.

Pero…

NADA se compara con lo que uno siente cuando ves a tu personaje favorito en la pantalla grande, cuando sientes que se le ha hecho justicia, es otra cosa esta emoción; es algo que me hizo entender realmente cómo se sintieron los chicos cuando vieron a sus favoritos en el cine por primera vez.

¿Qué si es objetivamente la película perfecta? No lo sé y no es relevante, subjetivamente, fue una de las mejores experiencias que pude vivir en un cine (que involucre sólo lo que pasaba en el film, wink wink). Wonder Woman es emocionante, tiene secuencias de acción increíbles (mi favorita es la de las Amazonas en la playa) y es completamente fiel al personaje y a todo lo que representa.

Lector, ahora tienes dos caminos que puedes escoger. El primero es considerar que aquí termina este texto y salir por la puerta 1. El segundo es continuar por esta lectura y dejarme contarte más sobre la Mujer Maravilla como personaje.

 

El Origen de Las Amazonas:

Los dioses del Olimpo, crearon a estas guerreras para que sirvan de mediadoras entre los dioses y los humanos, los protejan y a la vez den testimonio de las dádivas de los dioses a los humanos para que los humanos mantengan su fe en ellos. Ares, Dios de la Guerra se opone a este plan, argumentando que a los humanos sólo se los puede manejar a través del odio, la ira y la guerra.

Artemisa, y otras diosas, buscan el renacimiento de las almas de mujeres fuertes, víctimas de violencia masculina para crear a Las Amazonas. Pues consideran que la mujer tiene la capacidad de resistir a las tentaciones de Ares y su corazón protector es lo que la humanidad necesita.

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Luego Ares usa a Heracles para que vaya y engañe a Hipólita, se van todos de puñete, las esclavizan, se liberan lideradas por Hipólita y finalmente el propósito original de las Amazonas se pierde y los dioses las envían a una isla “donde los humanos no las puedan encontrar”. Una vez asentadas ahí, Hipólita se siente intranquila, y es cuando se le revela que de todas las almas renacidas, la de ella estaba embarazada y que era el momento de que esa alma renazca también, pero que ella tendría un destino especial.

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Esta es la historia de origen que nos presenta George Pérez en “Dioses y Mortales” de 1987, cómic que marcó la reinvención del personaje cuya narrativa previa ya estaba muy desgastada y compleja.

Conocer esta historia de origen nos permite saber por ejemplo porqué Diana es la única niña de la isla y porqué las Amazonas siempre están entrenando ya que juran que nunca volverán a ser sometidas (hay un paralelo aquí con grilletes y los brazaletes antibalas).

De todos estos detalles hay muchas variaciones. En algunas el traje azul y rojo está inspirado en la bandera norteamericana porque Diana es enviada a Estados Unidos y de esta forma la verán como aliada. En otras el traje simplemente por coincidencia tiene simbologìa similar y siempre estuvo custodiado por las Amazonas, junto con el lazo de Hera. La espada y el escudo vinieron luego. En la versión de Pérez ella no habla inglés, solo griego. En otra línea de tiempo Steve Trevor quien siempre ha sido el interés amoroso termina casado con Etta Candy y los enemigos de la Mujer Maravilla bailan entre los disfraces extravagantes y los poderes mitológicos, siendo Ares siempre su mayor némesis.

 

Los triunfos de Wonder Woman, la película

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Hay quienes cuando piensan en Wonder Woman, inmediatamente piensan que es la versión femenina de Superman. Como un Superman con curvas y faldita, y ya. Sin embargo, ha sido justamente esta visión limitada la que  tal vez no ha permitido que se realice una representación justa del personaje. El hecho de que haya tanta mitología involucrada y  que el villano de su historia sea un dios, complicaba aún más que se ajuste la historia a una narrativa audiovisual.

Sin embargo, al parecer sólo se necesitaba la visión de alguien que conociera bien al personaje, lo que representa y la importancia de sentirnos identificadas con ella (te hablo a ti Patty Jenkins).

En un universo cinemático de superhéroes cargado de testosterona viene una mujer a cambiar el ritmo. Superman no se puede sorprender por el sabor de un helado artesanal, Batman no se puede enternecer por ver a un bebé y ninguno de los dos puede permitirse a si mismo una casual sonrisa de vez en cuando solo porque sí.

La femeneidad del personaje no se esconde bajo el traje, se deja ver en cada una de sus acciones, honestas aunque a veces inocentes. Las Amazonas son mujeres todas, por su carácter protector, sensibilidad y compasión ante la humanidad. Diana, personificando la entrega total del amor femenino, se preocupa por las víctimas de la guerra, sufre con ellos y se lanza ante las balas porque sabe que tiene que hacer lo correcto y “pelear por quienes no pueden pelear por ellos mismos”.

Entonces, por un lado está la súper fuerza, las peleas emocionantes, geniales armas y trabajo en equipo y por el otro está presente la sensibilidad, la inocencia y el humor, pero es todo parte de lo mismo, porque Diana, es una mujer, con diferentes matices, emociones y capacidades que se “activan” según la necesidad, o sea es como una mujer real. Haciendo malabares en un juego de roles.

Ideas y frases que tal vez en otros contextos puedan ser cursis o idealistas, en ella funcionan. A nadie más le podría creer un: “…es acerca de lo que crees, y yo creo en el amor. Sólo el amor podrá verdaderamente salvar al mundo”, solo a ella. Y esa es la pista de lo bien logrado que estuvo el film.

A todo esto se suma que tenemos un equipo de outcasts, un Steve Trevor que no se siente menos sino que admira a la heroína, unas Amazonas personificadas por atletas olímpicas, jinetes expertas, campeonas de crossfit y policías; que son el mayor deleite de las primeras escenas y por supuesto Gal Gadot, la reina absoluta, la sonrisa que se robó todos nuestros corazones, no sólo por su belleza sino también por su dedicación y entrega para ponerse en la piel de un ícono tan grande de la cultura popular.

Salí del cine, sintiéndome todavía una niña, con ganas de pelear contra los villanos y girar y girar para convertirme en una súper mujer, y aunque todavía no lo logro, lo voy a seguir intentando.

La posibilidad de la aventura

De lunes a viernes el despertador suena a las 6:30 a.m. y la jefa de la orquesta baja las escaleras hasta la cocina, prende la cafetera, saca los huevos, pone a tostar el pan. Huele a desayuno. Los pequeños se levantan, son llevados a sus escuelas, son regresados de sus escuelas y entre el almuerzo y la hora de dormir observan, ríen, aprenden, comen y piden cosas, quieren al mundo en la palma de su mano, antes de que se enfríe, rápìdo, no, de ese color no me gusta, quiero el vaso de Hello Kitty.

Pero a veces…

A veces los aviones despegan, a veces dentro de una mochila cabe un mundo entero. Y entre dos todo es analizable, risible, posible. La montaña sonríe, los amigos aparecen de entre las sombras, nos dejan su luz y desaparecen. Con el despertador desactivado recordamos la fortaleza que nos habita. Comemos al apuro y vamos en taxi al teatro para ver nuestras fantasías hechas materia sobre las notas musicales que viajan entre una multitud de cómplices que a su vez tomaron otros taxis para buscar el mismo pedazo de alegría. El experimento funciona, el alma se purifica, la ovación es la manifestación de la catarsis.

Luego es hora del alcohol y las coincidencias, la cacería de un lugar a medida que nos permita perfeccionar la noche. Jugamos a movernos de mesa, no es un bar, ¡es un tablero de juego! Nos burlamos de la gente que aún usa “jerseys” tejidos con rombitos, perdón, de la gente que en lugar de usarlos, se los pone en la espalda y ata sus mangas sobre su pecho, a lo Carlton Banks. Llamaron los 90s, te esperan con los brazos abiertos. Volteó mi cartera en busca de la única tarjeta que luego recordé, se me había olvidado en casa; llevo a Andrés a la caja como ofrecimiento al dios de las cuentas por cobrar.

Volvemos al piso 8 a descansar el día, la noche y la madrugada; con el sol empezamos a poner otra vez al mundo dentro de nuestras mochilas. Caminamos por una ciudad que todavía se desperezaba para compartir el desayuno con alguien especial; sus manos calentaron la comida que me llenó de la fuerza necesaria para poder…quedarme dormida en el próximo taxi.

Con los bolsillos vacios pero la mente llena, volvimos a recorrer el cielo hasta llegar a la casa. Al caos familiar y conocido, al amor intenso que todo lo desbarata.

Y de lunes a viernes el despertador suena a la misma hora.

Pero a veces…

No se siente igual porque sabes que existe en tu camino la posibilidad de la aventura.

Una llama pequeñita, contenida en los hábitos familiares, siempre lista, siempre atenta para escaparse y convertirse libremente en llamarada.