Morir es fácil. La comedia es difícil.

Los demonios internos duermen y despiertan a placer.

Hoy quiero compartir con ustedes la traducción de un extracto sobre la depresión, tomado del libro “Furiously Happy” de Jenny Lawson. Ella plantea el tema desde una entrevista personal que le hace su esposo.

Considero que a veces verse reflejado en las palabras de otro nos ayuda a sentirnos, al menos un poco, menos solos.

Lo que quiero que sepas: Morir es fácil. La Comedia es difícil. La depresión clínica no es ningún maldito picnic.

Parecería que hasta este punto en un libro sobre depresión deberías ya deberías haber explicado qué es la depresión.

Es difícil de definir.

Bueno, esto es un libro, tal vez intenta…

Está bien. La depresión es como… cuando no tienes tijeras para cortar esa cinta plástica gruesa de seguridad que traen las nuevas tijeras que acabas de comprar porque no podías encontrar tus tijeras. Y dices: “a la mierda”, y tratas de abrir las tijeras con cualquier otra cosa, pero solamente tienes cuchillos plásticos sin filo y no te ayudan en nada, así que te quedas de pie en la cocina sosteniendo las tijeras que no puedes utilizar porque no puedes encontrar las tijeras y te frustras y lanzas las tijeras en el triturador de basura y duermes en el sofá por una semana. Así es la depresión.

Quiero ser útil, pero no sé si eso significa que debo pedirte que elabores o pedirte que dejes de elaborar.

Ok. Déjame refrasear. Algunas veces la locura es un demonio. Y algunas veces el demonio soy yo.

Y visito calladas veredas y bulliciosas fiestas y películas oscuras, y un pequeño demonio mira el mundo conmigo. A veces, él duerme. A veces, él juega. A veces se ríe conmigo. A veces me trata de matar. Pero siempre está conmigo.

Supongo que estamos todos poseídos de alguna forma. Algunos de nosotros con dependencia a pastillas o a vino. Otros a través del sexo o las apuestas. Alguno de nosotros a través de la auto-destrucción o la ira o el miedo. Y algunos de nosotros simplemente llevamos nuestros pequeños demonios mientras ellos  desatan el caos en nuestra mente, rasgando y abriendo los viejos y polvorientos baúles de malos recuerdos y dejando los restos regados por todas partes. Usando la piel de las personas que hemos lastimado. Usando la piel de quienes hemos amado. Y algunas veces, cuando se pone peor, usando nuestra piel. Estas veces son las más difíciles. Cuando puedes verte confinada a tu cama porque no tienes la fuerza ni la voluntad para dejarla. Cuando te encuentras a ti misma gritándole a alguien que amas porque quiere ayudar, pero no puede. Cuando te despiertas en una zanja después de tratar de beber o fumar o bailar para quitarte el dolor- o su ausencia. Esos momentos en los que eres más demonio que tú misma.

No siempre creo en Dios. Pero creo en los demonios.

Mi psiquiatra siempre me dice: “Pero si crees que hay demonios, es lógico que pudiese haber un Dios. Es como…creer en los enanos pero no en los cíclopes”.

He considerado señalarle que he conocido varios enanos en mi vida y casi ningún cíclope, pero entiendo lo que me quiere decir. No puede haber oscuridad sin luz. No puede haber un diablo sin el Dios que lo creó. No puede haber bien sin mal.

Y no puedo existir yo sin mi demonio.

Creo que estoy de acuerdo con eso.

O tal vez es mi demonio quien lo está.

Es difícil saberlo.

¿Qué consejo tienes para las personas que están buscando ayuda?

Cada enfermedad mental es diferente porque cada persona es diferente. No hay curas fáciles pero hay tantas herramientas disponibles ahora que las personas finalmente están empezando a hablar al respecto. Tienes que descifrar como sobrevivir a la depresión, lo cual es difícil porque estás más exhausta de lo que has estado en tu vida y tu cerebro te miente, y te sientes indigna del tiempo y energía (que usualmente no tienes) que se necesita para buscar ayuda.

Por eso debes apoyarte en tu familia, tus amigos y hasta en extraños para que te ayuden cuando tú no puedes ayudarte sola.

Muchas personas piensan que son un fracaso si su primer, segundo u octavo tratamiento contra la depresión o la ansiedad no funciona de la forma en que querían. Pero una enfermedad es una enfermedad. No es tu culpa que la medicación o la terapia  que has recibido para tratar tu desorden no funciona perfectamente o funcionó un tiempo pero luego ya no. No eres un problema matemático. Eres una persona. Lo que funciona para ti no funciona para mi (y visceversa), pero sí creo, en que existe un tratamiento para todos, pero requiere tiempo y paciencia encontrarlo…

…esto es lo que me ayuda a mi: Luz solar, antidepresivos, ansiolíticos, inyecciones de vitamina B, caminar, permitirme sentirme deprimida cuando necesito estarlo, beber agua, ver Doctor Who, leer, decirle a mi esposo cuando necesito que alguien me vigile, hacer un mix de canciones que quiero escuchar pero que sé que me van a poner peor, hablar con personas en twitter cuando no tengo ganas de salir al mundo…

¿Y qué cosas no ayudan cuando estás deprimida?

Puedo decirte que un “Ya, alégrate” es casi universalmente visto como la cura más inútil que hay. Es el equivalente a decirle a alguien a quien le han amputado una pierna que se cure caminando. Algunas personas no entienden que para muchos de nosotros, la enfermedad mental es un severo desbalance químico que va  mucho más allá de “está depre”, esas mismas personas bienintencionadas son las mismas que me dicen que  soy yo quien no me permito a mi misma recuperarme porque realmente debería “alegrarme y sonreír más”. Es entonces cuando considero cortarles los brazos y luego culparlos por no recoger sus brazos cortados para que los puedan llevar al hospital a que se los vuelvan a poner.

“Pero solo tienes que levantarlos y llevarlos a que te los arreglen. AY NI QUE FUERA TAN DIFÍCIL. Yo recojo cosas todo el tiempo. Todos lo hacemos. Y no, no te voy a ayudar porque esto es algo que deberías aprender a hacer tú sola. Yo no voy a estar siempre cerca tuyo para ayudarte, sabes. Estoy segura que podrías hacerlo si tan solo lo intentaras. Honestamente, es como sino quisieras tener brazos”.

Ya, está bien, sé que no es la analogía perfecta porque usualmente no pierdes los brazos debido a desbalances químicos involuntarios. A menos que yo te corte los brazos debido a mi desorden mental, en cuyo caso técnicamente sí podríamos decir que un desbalance químico causó que se te cayeran los brazos. Así que todos corremos peligro. Supongo que mi punto aquí es, que todos sufrimos cuando a las enfermedades mentales no se las toma en serio.

 

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¿Nadie menos?

Aún estaba en una edad en la que lo único quería de la vida era llegar a mi casa para jugar con mis Barbies cuando me empezaron a lanzar besos y piropos en la calle. No entendía la intención detrás de las palabras, sólo sabía que de pronto empezó a incomodarme mucho sentir miradas ajenas sobre mi.

Me compraron mi primera “chaquetilla” cuando estaba en sexto grado. Un “sostén de entrenamiento” para niñas, cuyo elástico me fastidiaba mucho. Mi pecho plano, igual al del resto de niñas y niños que conocía, estaba empezando a tomar otra forma. Una forma que parecía designarme un nuevo lugar en el mundo.

Yo seguía siendo yo, pero los demás me miraban diferente. Mi escuela estaba en el centro de Guayaquil, y debía caminar de la escuela a la oficina de mis padres todos los días, mi mamá me acompañaba. Cuando alguien nos decía algo, mi mamá apretaba mi mano y caminábamos más rápido. Me sentí insegura en la calle desde el instante en que empecé a tener las primeras señales de pubertad, sólo quería que me dejen de mirar.

Con el paso del tiempo, aprendí a lidiar con eso, a vivir con eso, como la mayoría de mujeres en mi ciudad; hay quienes lo ignoran, hay quienes responden como consideren apropiado. Lo cierto es que nosotras cambiamos, nos adaptamos, ellos no.

Aún puedo ver niñas en uniforme de colegio a quienes los chóferes les pitan y les lanzan besos, porque son mujeres, porque tienen curvas, porque es un “piropo”.

Somos vistas como objetos de deseo desde muy jóvenes, y el ejemplo del piropo no es más que lo que se puede ver sobre la superficie del problema del acoso y de la violencia contra la mujer, que tiene tantas diferentes y variadas escalas de abuso. Un abuso que es constante, al punto de ser considerado prácticamente normal.

Y no está bien.

En pasadas semanas el tema de la violencia contra la mujer resonó en las redes sociales, como eco de un horrible crimen a una joven en Argentina. Un tema difícil de leer, difícil de procesar, un evento que motivó a muchas mujeres a romper el silencio sobre sus propias experiencias. Historias que fluyen a caudales, palabras con un trasfondo emocional fuerte, testimonios que inundaron las redes.

Y sin embargo, en medio de las voces que buscaban elevarse por una causa, había ruido, interferencia, un zapateo impaciente de parte de personas incapaces de comprender el problema, que niegan o minimizan las experiencias ajenas, tal vez porque nunca las han vivido.

Los hombres y las mujeres percibimos el mundo de diferentes maneras, las palabras no alcanzan muchas veces para lograr empatía en quienes no han experimentado o atestiguado ciertas situaciones. Para ellos este asunto está en un punto ciego de lo que pueden percibir de la vida: yo no soy así, no he visto que esto suceda nunca, por lo tanto están exagerando.

¿No podrían considerar  posible que  las diferencias sobre nuestra forma de percibir el mundo en que vivimos afecten a nuestra forma de pensar y, en consecuencia, a nuestra forma de comportarnos?  Los sesgos cognitivos de muchos hombres son cruciales a la hora de pasar por alto/minimizar/normalizar manifestaciones más que evidentes de violencia contra la mujer.

Lo que trato de decir es que tal vez no han conseguido los mejores puestos para ver el show de “Como son tratadas las mujeres”. Es más, ni siquiera consiguieron boletos. Pero igual quieren hacer la reseña.

Entonces, mientras se buscó enfocar la atención ante el problema de violencia contra la mujer usando la expresión (o hashtag) “Ni una menos”, pidiendo equidad y justicia, un grupo que no se siente representado escoge confrontar esto con “Nadie menos” ya que ¿por qué respetar solo la vida de las mujeres y no del resto?, una idea que nada tiene que ver con el objetivo real.

“Ni una menos” no quiere decir “respetemos SOLO la vida de las mujeres y de nadie más”, no es un asunto de si la vida de tal grupo humano tiene más o menos importancia en el mundo.

En ningún momento el “Ni una menos”, que busca unir a un grupo por una causa y poner en valor la vida de las mujeres, está tratando de restarle valor a las vidas de todos los demás. Asumir que sí, es insensato y no hace más que desestimar la causa. Por eso muchas de nosotras tenemos esta sensación de confusión y hasta ira cuando se busca confrontar el “Ni una menos” con el “Nadie menos”. Porque simplemente es un obstáculo innecesario ante el mensaje que se busca enviar.

¿Por qué irse en contra del mensaje en lugar de oirlo? Tal vez crees que esta lucha te es muy ajena, pero por favor pregunta, conversa con las mujeres cercanas a tu vida y verás que más de una ha pasado por alguna situación de acoso. Juzga menos y escucha más.

Todas las vidas importan, por supuesto, pero en este caso se busca resaltar un tema, como una respuesta directa a un incidente reciente que conmovió e indignó profundamente a muchas personas.

Es como que vas a una marcha por la lucha contra el cáncer a reclamar porque no están al mismo tiempo marchando por la lucha contra el SIDA. Porque no es cuestión de que un problema sea peor que otro, es sólo que este es el momento de hablar de un específico problema.

Porque este tema duele, vive arraigado dentro de cada una de nosotras, quienes hemos aprendido a vivir continuamente con alguna forma de acoso o violencia.

Porque son demasiadas, las amigas cercanas, las no tan cercanas, las de redes sociales, las víctimas en otras partes del mundo, demasiadas, quienes tienen testimonios de violencia. Y no debe tener nada de malo decidir dedicarle un día a estas mujeres para señalar esta realidad. Ellas no son sólo números, son mis amigas, no son estadísticas, son miembros de mi familia.

Y parte de ellas, también soy yo, y no quiero que mañana sea mi hija.

 

 

 

La amistad después de los 30

En primer curso, los pupitres del aula eran dobles. Varias columnas de niñas emparejadas formaban mi salón de clases en el María Auxiliadora. Mi compañera de asiento ese año fue Diana. Una niña flaquísima, ordenada casi al borde de la obsesión. Ella fue la primera persona en ayudarme en una lección, sin que yo se lo pidiese. Ella me arrastró a su forma de ver el mundo, una cartita a la vez.

El miércoles pasado Diana vino a mi casa, hicimos un postre y jugó con mi hija. A veces pienso que nuestra amistad de tantos años es una coincidencia cósmica: estuvimos en el lugar correcto en el momento correcto, pero el universo solo nos dio una chispa, el resto tiene mucho que ver con haber crecido juntas.

Hay una hermosa etapa de la vida en la que lo único que se necesita para cultivar una amistad sincera es saberte las mismas canciones tontas, bailar en un balcón y descubrir las maravillas de compartir una jarra de Trópico con Tang de naranja. Rodábamos en un oleaje de primeras veces, con tiempo de sobra y la emoción descontrolada de posicionarnos en el mundo.

Sin embargo, mientras nos acercamos a los 30, esa sensación de que la vida nos tiene muchas sorpresas por delante se diluye, las prioridades cambian y nos perdemos en horarios y obligaciones, ya no basta el alcohol (aunque ayuda), ni los gustos similares, ni compartir el mismo espacio físico, ahora somos más exigentes.

Nunca deja de llegar gente a nuestra vida, conversaciones fluyen, chistes van, chistes vienen, compartes alitas picantes con alguien después del trabajo, otros amigos nos presentan a  sus amigos, tenemos 40 diferentes grupos de whatsapp, saludamos a los padres de los amigos de nuestros hijos y “socializamos” por redes sociales, pero amigos de esos que puedes llamar en un momento de crisis, con los que no te daría vergüenza llorar, esos son escasos.

Y llegan a ser aún menos, quienes, luego de una interacción del tipo: “Hagamos algo un día de estos”, cumplen.

¿Presupuesto para salir a comer? Decente ¿Tiempo para una salidita? Arreglable ¿Gente disponible? Siga participando.

Un estudio, estima que a partir de los 25 años, empezamos a perder considerablemente el contacto con nuestros amigos:

“La gente se enfoca mucho más en ciertas relaciones y en mantener esas relaciones, puedes mantener contacto con nuevos miembros dentro de tu propia familia pero el círculo casual se reduce”.

Una vez que has tomado la decisión de quienes son las personas apropiadas en tu vida, sientes que puedes descansar en la búsqueda de nuevas amistades. Esto se complica aún más si se tienen hijos. ¿Es la solución entonces rendirnos ante nuestras necesidades sociales? En absoluto, los seres humanos somos seres que necesitamos compartir con otros, solo hay que meterle mucho más esfuerzo que antes.

En una década  (los 30) llena de retos, decisiones y stress, los amigos de ver cara a cara y no solo a través de la pantalla de un celular son importantes. Pero pensar en hacer amigos nuevos a esta edad da un poco de miedo y ansiedad. Todo se vuelve más difícil sin la simpleza de tener un juguete extra que intercambiarle a otro niño por un tiempo de juego, como lo hace mi hija con diferentes niños cada día cuando salimos al parque.

Dar ese primer paso requiere valentía, una valentía que yo no tengo; pero que afortunadamente otros han tenido.

Ese miércoles con Diana, salimos a comer con una amiga nueva. Alguien que se animó a extenderme su amistad solo porque se identifica con mis palabras. Y fue un poco como volver a tener una cita, con la anticipación del resultado final y la emoción de nuevas experiencias. Horizontes se expandieron, libros se recomendaron, historias se compartieron y hubo Nutella; directo al top de mejores citas.

Mi visión se aclara, y aún con la problemática de las nuevas amistades en mente, puedo ver que hay oportunidades aún en mi camino, pocas, pero brillantes. A mi edad la cantidad es nada versus la calidad; pues me conozco, me he descubierto y sé qué cosas funcionan para mi.

Puedo darme el gusto de escoger bien a las personas de las que decido rodearme: manipuladores, egocéntricos, reinas (o reyes) del drama, apáticos y demás; simplemente no pasan el proceso de selección.

 

Las orfandad de las princesas

– Mamá, ¿por qué los personajes de las películas muchas veces no tienen padres?

– Porque si tuvieran, la mamá les arreglaría todo en un ratito…y no habría drama.

Mi motivo principal para irme a bañar al mar en la playa de Salinas era poder jugar a ser La Sirenita, el mar me da algo de miedo, ir en un jet ski es bacán pero tocar la arena debajo del agua y que algo te roce la planta del pie (así sea una botella o funda) no gracias. Lamentablemente no se podía jugar a La Sirenita sin meter el pelo en el agua y levantarlo de golpe hacia atrás con estilo, ese estilo con el que Ariel sale del agua para no ahogarse cuando Úrsula le da piernas, ese “casi me ahogo sexy” que es tan chic.

Cuando tenía ocho años, Ariel era mi ídola: rebelde, pelirroja, valiente y con una vida llena de canciones. Ahora que tengo 34, pienso: muchachita del demonio que se escapa de su casa para ir a perseguir a un gil que ni siquiera le para bola, Tritón debió encerrarte en tu cuarto, sin celular.

Y pienso, claro lo que pasa es que a esta princesa, al igual que a otras, la dejaron huérfana de madre y no tiene una figura femenina positiva en su vida. Estas princesas desmadradas forman “La Sociedad de las Princesas Huérfanas” y suelen ser de pelis de los 80s y 90s. La nueva ola de pelis ya no siempre usa este recurso para que fluya el drama, creo que podemos decir que la orfandad en Disney ha decrecido en los últimos años, aunque no por completo -cof, cof, Frozen-.

Es verdad que tal vez con madres estas chicas ni hubiesen tenido sus respectivas aventuras fantásticas, pero seguro hubiesen tenido otras menos sufridas.

En un intento por contentar a mi lado materno, hoy quiero hacer el ejercicio de imaginar qué hubiese pasado si mis amigas del club de la orfandad, hubiesen tenido una madre que con amor, pasivo-agresividad y carajazos, las llevara por el buen camino.

  1. Ariel:

Habría llegado a tiempo al recital con sus hermanas, dos semanas antes del evento la mamá de Ariel la llevó a comprarse el traje y ese día la levantó más temprano para que desayune, esté “bien papeada” y no ande con “cara de desnutrida”.

-Mijita, si a usted le gusta ese muchacho Erick, hágase la difícil, que él la llame, que él la busque. Valórese, vea que usted es bien guapa. Mejor deje de andar pensando en novios y concéntrese en los estudios.

2. Bella:

– Mijita ese vestido parece delantal, y ya sino le gusta “la vida provincial” se aguanta porque mientras viva bajo mi techo eso es lo que hay. Vaya prepare la labaza.

Si la mamá de Bella hubiese estado presente cuando la Bestia la  encerró en su castillo, ella al día siguiente encontraba la forma de “hacerse amiga” del candelabro a punta de “no sea malito” y “vea que yo vivo lejos” para poder entrar y sino rescatarla, al menos asegurarse de que esté bien alimentada. Al cabo de un mes le estaría ordenando el closet a la Bestia.

3. Cenicienta:

Para empezar si hubiese tenido mamá que le lave la ropa esta chica seguro no habría aprendido a lavar ni un solo plato, no andaría sucia de ceniza y seguramente tendría otro apodo, de pronto se llamaría Cinthya o Ceniberta.

La mamá de Cenicienta no la habría dejado tener tantas mascotas porque “al final las que las limpia y alimenta soy yo” y le habría hecho una cita con el psiquiatra luego de ver su fascinación por coserle camisetas a los ratones.

Sin embargo, habría sido una prominente veterinaria.

4. Elsa y Ana:

Aunque Elsa hubiese seguido ocultando sus poderes de los demás tal vez Ana no habría crecido tan sola como para mantener aún después de la adolescencia esta fijación por construir muñecos de nieve. Elsa habría eventualmente aprendido a controlar sus poderes:

– Mijita, usted puede hacerlo, no se rinda, si su prima se aprendió las tablas a pesar de ser medio quedada, usted también va a poder, va a ver. Y ábrase el botoncito de la chaqueta, suéltese el pelo, enseñe lo que tiene, ya quisiera yo tener ese cuerpo. A ver siga practicando que yo la veo.

 

O sea, sé que al final todas ellas tuvieron sus finales felices, pero todo en la vida puede ser más fácil con una mamá que nos empuje hacia adelante.

Puede que las mamás nos den amor de formas un poco duras,  pero ellas hacen que las cosas pasen. Y ahora que yo soy una, entiendo que es mi labor como madre pegarles a mis hijos… unos carajazos de vez en cuando pero siempre recordándoles a los pelados que: “esto me duele más a mi que a ti”.

Lo cual a veces es demasiado cierto.

La maternidad es un camino solitario

Esto no es lo que yo quería, pero…ya no recuerdo qué quería.

Lo urgente me atropella minuto a minuto, día a día, semana a semana y antes de poder sacudirme de mis rutinas autoimpuestas, el tiempo que no perdona nada me devuelve un reflejo en el espejo muy diferente del concebido en mi mente.

Un sacrificio hecho por amor no deja de ser sacrificio.

Y el mundo afuera sucede, mientras en mi fortaleza yo reino pero ¿a qué precio?

La maternidad es un camino solitario, la soledad no es física (paso el 90% de mis días acompañada), es social, es consecuencia de la incapacidad de ser impulsiva, de tener que planear cada salida como si fuese un viaje a Europa.

Me siento sola porque al decidir tener hijos acepté ser responsable de la vida de otros seres humanos y eso me obliga a estar siempre a cargo.

Cuando era niña y nos íbamos a la playa en familia, mi única responsabilidad era acomodarme en el asiento trasero y dormir durante todo el camino, ahora yo tengo que conducir el vehículo. Ya nadie puede estar a cargo mientras yo duermo en el asiento trasero, ese lujo, o esa ilusión, de que puedo relajarme mientras alguien más se encarga ya no existe.

Aún cuando me voy a dormir, hay una parte de mi que continua siempre alerta, ese pedacito de conciencia que siempre está despierto por si mis hijos me necesitan. Estoy siempre de guardia, sola.

Sola en la incapacidad de los demás de comprender cómo me siento, una historia que se ha repetido a través de los años, a lo largo de la vida de las mujeres, esa historia que es la mía pero que también podría ser la tuya.

Quiero compartirles un extracto del artículo “La cautividad del matrimonio” de Nora Johnson:

“Si la madre joven está en el campo, los niños jugaran en el patio y ella los verá desde la ventana, si está en la ciudad podrá sacarlos en un coche o un triciclo. Hablará con sus amigas en estas salidas como solución a la soledad. Su día estará lleno de presiones, algunas diminutas, otras gigantes. Sus dos preocupaciones principales serán el dinero y las enfermedades. Si nadie de la familia se enferma en dos semanas, se considerará afortunada porque sabe que cada gripe dará la vuelta por toda la familia.

Durante los periodos de salud buscará mejorar su hogar, aprender a cocinar algo nuevo, hacer algo con respecto a su imagen, ofrecer una cena o un cumpleaños, ir al teatro con su esposo, ponerse al día con su lectura o tomar un café con una amiga. Su vida oscila entre ser muy organizada y completamente desorganizada, porque tiene la lucha de todas las mujeres: mantener el orden en la casa sin ser una molestía constante al tratar de impedir que la desordenen. Debido a que los niños son creadores naturales de caos, ella constantemente lucha por mantener este balance.

Las demandas de su familia y su comunidad la hacen sentir, como lo estipuló alguna mujer: como una torta sin suficientes pedazos para todos. Dependiendo de si es o no gregaria, extrañará conversar con sus amigas o querrá tiempo a solas, mientras más ocupada esté, más querrá estar sola, para sentirse única y separada nuevamente.

Si su esposo ahora carece del misterio y la fascinación de las primeras noches, es ahora mucho más amado y apreciado. Las ocasiones en las cuales tienen tiempo a solas son las joyas más preciosas de su vida”.1

Este artículo fue publicado en 1961.

Y me vi en cada línea.

Siento que debería avergonzarme un poco por ser tan retro en esta modernidad, pero esta es mi verdad. Mi misión de madre se impone ante lo demás, para bien y para mal.

Porque siempre estoy a cargo.

La preparadora de comida, la que sube pantalones, la tiendecamas, a quien todos llaman cuando quieren algo. Y sigue siendo para mi tan intenso cuando a pesar de tener a mi hija en mis brazos, siento un hueco en el pecho al darme cuenta de que no he interactuado con ningún adulto en muchas horas, estoy sola mientras estoy con ellos, en la mitad de la noche consolando sus miedos.

Los seres humanos necesitamos conectar con otros seres humanos, y aunque la maternidad nos da tal vez la conexión más profunda que existe; ellos no te preguntan cómo estás, qué necesitas, o cómo te sientes. Ser mamá es un montón dar y casi nada recibir.

No me malentiendan, mis hijos me dan más felicidad de la que alguna vez imaginé sentir, es indiscutible, pero las complejidades del trabajo son reales. Suele bastarme un abrazo para devolverme la sonrisa, sin embargo, a veces, cuando la soledad se anida en mi corazón, estoy en mi derecho de querer más.

 

 

 

  1. The Captivity of Marriage http://www.theatlantic.com/magazine/archive/1961/06/the-captivity-of-marriage/308284/

 

 

27: Nosotros

Me construyo con las piezas de tu mirada,
en la fuerza del anhelo del recuerdo,
en la nota alta de la desesperación ausente,
en las gotas frías que fluyen de mi.

Somos una canción que cambia,
un ritmo constante, son de latir,
un rock, una balada, un tecno,
vida en colores, luz carmesí.

Nada en definitiva;

…más que la rebeldía contra la resignación
del espacio sin tu mano,
el hueco de mi pecho,
en la búsqueda absoluta
del halo del aliento en que renací.

En la parada observatoria
inhalamos rutinas de agobio,
el mismo aroma del mismo café
evaporado en sangre de tazas rotas,
que se rearman en el sabor dulce
del calor de nuestro vaivén.

En el camino, en el desvío,
en el preludio de la tormenta,
brota la espuma en nube
y todo re-empieza
con el aire tibio del amanecer.

Giro en flor,
soy primavera,
una quimera
a punto de rugir.

Tomo tu tempestad
con el lazo de mi calma.

Tomo la decisión sensata
de atarme (¿enredarme?) a ti.

26: La fiesta

– Y nunca olviden, mis amigos queridos: ¡Vacila que sexto de acaba!

Hablé para mi promoción del colegio, desde la tarima donde tocaría la banda, luego de habernos saludado y abrazado varias veces, luego de haber bailado un par de clásicos del ayer, luego de un par de vodka tonics.

Nos había visto (a mi curso) en un video muy viejo que guardaba en mi caja de recuerdos, una Daniela de 16 años que llevó una filmadora al colegio y grabó todo un día de clases, desde la gente saludándose al llegar al curso hasta el viaje de regreso en el expreso.

Siempre tuve este interés de preservar el pasado, guardaba mis hojas rayadas y pensaba que serían muy valiosas cuando finalmente alcance la fama. Seguramente la gente pagaré miles de dólares por esta valiosa documentación de un día en la vida de Daniela Anchundia, mejor pienso en el futuro y registro todo. Mi yo adolescente y su egolatría.

Durante muchos años pensé en mi misma como esta adolescente tímida que no conversaba con sus compañeros de aula, que casi no interactuaba con ellos, no sé porqué mis recuerdos se forjaron de esa manera. La chica que filma ese día no parece tímida, no le falta confianza, es más le pone apodos a la gente y se los dice en la cara.

“Oye momia, manda un saludo”

“Enseña los músculos”

“Confiesa que el profe de computación es tu ñaño”

Me paso el video narrando todo y haciendo preguntas a los profesores; una pelada curiosa y molestosa que para nada recordaba ser. Fue grato reencontrarme con ella, parece que la tenía guardada en el sótano de mi autoimagen.

Ese sábado en la fiesta de reencuentro traté de ver a mis ex compañeros como esas personas que estaban en ese video, obviamente luego de 15 años no somos esas personas pero es divertido hacer el ejercicio de pensar que debajo del maquillaje, los tacos, las corbatas, los ternos y demás, latían corazones adolescentes.

Bailamos hasta que nos dolieron los pies, bebimos hasta que se acabó todo el trago.

Luego de varios meses de organización, de reunir gente, recaudar fondos y buscar proveedores finalmente estábamos ahí, en la fiesta que con tanto cariño planeamos. Se creó un comité organizador, personas que antes conocía solo de nombre y que ahora puedo llamar mis panas. Vimos a nuestros compañeros felices, disfrutar de las camisetas, las fotos, la comida, la música, el trago, la banda y principalmente la compañía. Fue tan emotivo como simplemente divertido. La misión fue cumplida.

Unos textos atrás hablaba de como a pesar del tiempo, detrás de la piel siempre había una esencia que no envejecía, esa noche lo comprobé. Todos nos dijimos más de una vez: “pero si estás igualito/a”, yo sé que objetivamente no nos veíamos como hace quince años, pero la forma de relacionarnos es tan familiar que hasta nuestros ojos se unen a la fantasía.

“Está claro que ya no somos quienes fuimos, o tal vez debajo de todo lo nuevo que nos cubre (como la pancita) sí somo un poco los mismos. Veo al pasado y me encanta ver en nosotros esas ganas de comernos al mundo, de disfrutarlo todo, de descubrirlo todo, sin miedo y sin inhibiciones…los invito esta noche a reencontrarse con sus amigos, a mirar a la persona que tienen a su lado y saber que tienen algo en común que los une de por vida y a estar agradecidos por ese cariño, por esa amistad eterna que igual antes como ahora nos llena el corazón de sonrisas”.